«Somos una especie infantil, infantilizada, y cada vez más»

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Juan Luis Arsuaga (izquierda) y Juan José Millás

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Según se plantea en el libro, Juan Luis Arsuaga (izquierda) es el sapiens que instruye al neandertal Juan José Millás sobre la evolución humana.

— Tienes muy buen aspecto.

— Lo mismo digo.

Nada más verse, el paleontólogo Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954)y el escritor Juan José Millás (Valencia, 1946) aprovechan la cita por Zoom con BBC Mundo para ponerse al día. Y su complicidad y aprecio mutuo se hacen evidentes enseguida.

Es que meses de excursiones a yacimientos, cuevas, mercados, jugueterías, ferias de mascotas, el Museo del Prado, guarderías, cementerios, restaurantes y hasta un sex shop unen mucho.

Son los escenarios improbables en los que Arsuaga citó a Millás para hablar de aquello en lo que es uno de los mayores expertos del mundo: la evolución de nuestra especie.

La idea de juntarse no fue, sin embargo, del catedrático y premio Príncipe de Asturias. Se la propuso el multipremiado escritor y periodista, a quien le llevaba años rondando en la cabeza, concretamente desde que visitó el yacimiento de Atapuerca —del que Arsuaga es codirector— y sintió que la prehistoria no era un asunto del pasado, sino que «gozaba de una actualidad conmovedora».

«Tú y yo podríamos asociarnos para hablar de la vida; levantaríamos un gran relato sobre la existencia«, le dijo a Arsuaga durante un almuerzo tiempo después.

El resultado de la aventura es «La vida contada por un sapiens a un neandertal» (Alfaguara), un libro que combina la ficción y la divulgación científica, y que le ha servido de excusa a BBC Mundo para conversar con el genial dúo sobre la domesticación humana, la importancia de hacer buenas preguntas y el temor a ser el último muerto de la guerra en el contexto de la pandemia.

Esta entrevista es parte de la edición digital del Hay Festival Cartagena 2021, que se realiza entre el 28 y el 31 de enero.

Es usted, Juan José, el que dice sentirte como un «neandertal mental». ¿Por qué se presenta así?

Juan José Millás: Desde pequeño he sentido una extrañeza muy grande frente a la realidad, me he sentido ajeno.

Aún tengo muy mala dicción, pero de niño tenía la lengua de trapo, como decimos aquí cuando alguien habla muy mal. Creía que hablaba claro, pero no me entendían.

Además, confundía las palabras con las cosas. Recuerdo el deslumbramiento total al descubrir el doble sentido y la ironía, porque yo estaba muy atado a la literalidad.

Y es por eso que me interesó tanto (lo que vi) cuando visité el yacimiento de Atapuerca y me explicaron que allí se encuentran restos de un momento en el que el ser humano estaba descubriendo el pensamiento simbólico.

Me sentí muy cercano a eso.

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Juan José Millás tuvo una «epifanía» en el yacimiento de Atapuerca, en Burgos, precisamente donde Juan Luis Arsuaga ha liderado algunos de los descubrimientos más importantes de la paleontología moderna.

En relación a la especie que allí vivió, hay dos cosas que apunta, Juan Luis. Una es que nosotros somos neandertales domesticados, y la otra, que para un humano llegar a adulto es convertirse en neandertal. ¿No son contrapuestas ambas ideas?

Juan Luis Arsuaga: En realidad somos una especie infantil, infantilizada, y cada vez más. Parece que desapareció la complejidad, que se ha simplificado el mensaje.

Así ha pasado con el entretenimiento, que se ha hecho más maniqueo. Ahora las películas de superhéroes pasan por ser obras de Shakespeare, y si Batman tiene algún tipo de contradicción ya se dice que es una indagación maravillosa en la complejidad humana.

Esto nos ha llevado en el ocio, pero también en el pensamiento político y en el pensamiento crítico, hacia una etapa de nuestra existencia en la que ya se ha desarrollado la mente y la inteligencia, pero todavía no se ha madurado psicológicamente; a la preadolescencia, para entendernos.

Todo está dirigido a mentes preadolescentes.

Esto, y no lo digo como un fenómeno evolutivo, nos presenta a los Homo sapiens con mayor crudeza en comparación con especies anteriores como son los neandertales.

Nosotros seríamos más infantiles, porque la clave para domesticar una especie es evitar que se convierta en un adulto, mantenerla en un estado de minoría de edad.

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Arsuaga dice que somos neandertales domesticados.

Como el perro.

J.L.A: Como el perro, como la oveja, la vaca. Estos animales se han convertido en mansos, en manejables, para entendernos, y eso es lo que permite unir y hacer rebaños.

El secreto y la economía de la domesticación consiste en utilizar especies gregarias. No se puede domesticar una especie solitaria.

Pero el perro es un buen ejemplo.

En un desarrollo normal, cuando son cachorros aceptan la autoridad, pero cuando se convierten en adultos luchan por la jerarquía. Y si no consiguen derrotar al macho alfa, se van y crean su propia manada.

Nuestro perro no, nuestro perro está siempre sometido, en un estado infantil. Son los dueños de la casa pero porque les consentimos, no por imposición suya.

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Las investigaciones sobre la prehistoria y la evolución, que parecen puramente recreativas, nos dicen cosas acerca del mundo en el que vivimos”

Todo esto, si haces un paralelismo con el ser humano, verás que tiene mucho sentido, que hay muchas cosas en común.

La diferencia es que nos autodomesticamos.

J.L.A: Sí, pero por eso podemos vivir en aglomeraciones de 14 millones de habitantes, como los bisontes americanos, que formaban manadas de millones.

Y ya llevado al terreno de lo sociológico, que no tiene nada que ver con la evolución, percibo también que se elimina de la literatura, de todo, la complejidad y se tiende a la simplificación infantil.

Es un ejemplo de cómo estas investigaciones sobre la prehistoria y la evolución, que parecen puramente recreativas, nos dicen cosas acerca del mundo en el que vivimos.

Usted va más allá y dice que, de hecho, la prehistoria está aquí. ¿Pero aquí dónde?

J.L.A: Está en tu biología, para empezar. La biología es una cosa que nos viene dada, no es algo sobre lo que podamos decidir. Ya nos gustaría.

Nuestro cuerpo existe y vive porque hay muchas funciones que son puramente biológicas o automáticas. Respiramos sin pensar y nuestro corazón late de forma involuntaria.

Lo sorprendente es que nos hemos tirado 2.000 años, más o menos desde Aristóteles, para descubrir en el siglo XIX con Darwin pero sobre todo en el siglo XX, que tenemos biología.

Durante mucho tiempo se pensó que el ser humano solo era educación, que se podía programar completamente. Luego hemos descubierto que también somos un primate que comparte el 99% de sus genes con el chimpancé.

Y ahora viene la parte interesante, la divertida, para un científico: no la constatación de que hay biología y hay cultura, sino el amplio campo que se abre, el del estudio de las interacciones entre ambas.

Es decir, viene la complejidad, que es lo que nos gusta a los que investigamos; la complejidad, no la simplificación.

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Según Arsuaga, el entretenimiento se ha vuelto maniqueo y las películas de superhéroes «pasan por ser obras de Shakespeare. Si Batman tiene algún tipo de contradicción ya se dice que es una indagación maravillosa en la complejidad humana».

Todas estas cosas que está contando Juan Luis, ¿le cambiaron la visión de la vida, Juan José?

J.J.M: Es que yo le oigo hablar y me quedo con la boca abierta, lo bien que lo explica.

Esto de que tu cuerpo sea biología y que puedes estudiar tus pulmones y pensar que proceden de un órgano natatorio de los peces, porque fuimos peces, y se han reconvertido en un órgano para respirar, eso es fantástico.

Pensar que el yunque y el martillo eran órganos de articulación de la mandíbula cuando fuimos reptiles y que ahora son órganos para la audición… ¿Cómo no me va a cambiar la vida?

Cuando yo entro en contacto con Arsuaga y le propongo este proyecto, lo que busco son respuestas a todas esas preguntas de carácter inconsciente.

En conversación, el sabio me ayuda a articularlas.

Juan José Millás

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Así es como avanza el conocimiento, seleccionando buenas preguntas y confiando en que la respuesta llegará”

Y también le ayuda a mirar con otros ojos, ¿no? Como cuando están de excursión en el puerto de Somosierra, en Madrid, y usted le dice: «¿No sería mejor que volviéramos? No se ve nada de interés». Y Juan Luis le cuestiona: «¿Cómo que no se ve nada de interés? ¿No te dice nada este paisaje?». ¿Será que no sabemos mirar bien?

J.J.M: Es ahí donde descubro que la palabra es un órgano de la visión. El ignorante va al campo y ve árboles, pero si vas con Arsuaga, ves abedules, pinos, acacias, castañales… y tienes realmente una epifanía.

Todas esas respuestas que te llegan, a su vez te ayudan a formular preguntas nuevas. Y así es como avanza el conocimiento, seleccionando buenas preguntas y confiando en que la respuesta llegará.

Arsuaga dice, y yo creo que tiene razón, que si tú consigues hacerte una buena pregunta, la respuesta de un lado u otro llegará.

Esto que dice es fundamental en mi trabajo.

J.L.A: Déjame que te ponga un ejemplo de una buena pregunta: el reloj de una persona que va en un avión ¿va a la misma velocidad que el tuyo, que estás ahora sentada?

La respuesta a esa pregunta es la teoría de la relatividad de Einstein.

Fíjate en el poder de una pregunta, porque a continuación (de formularla), lo que procede es «pues vamos a medirlo, a verlo». Pues resulta que no van a la misma velocidad. Oh, sorpresa. Y a continuación buscamos una explicación.

En el caso del reloj, (la explicación tiene que ver con) el espacio-tiempo, la clave para entender el universo. Y todo sale de una pregunta estúpida, infantil.

A ningún niño se le ha ocurrido preguntar eso. ¡Pero a los adultos tampoco!

No se le ocurrió a nadie hasta que llegó Einstein. Ni a Aristóteles ni a nadie.

El libro está lleno de este tipo de preguntas que Juan José hace muy bien, que no son preguntas tontas, sino preguntas sin prejuicios: «Lo voy a preguntar porque no lo sé». Y de ahí sale un montón de explicaciones sobre nuestra especie que muchos no conocíamos. Por ejemplo, que la puntería fue fundamental en la evolución humana.

J.L.A: Es que es así. La ciencia nace de la extrañeza. Por eso se puede hacer un libro como este entre Juanjo y yo, porque él parte de la extrañeza y yo también como científico, de no dar nada por sabido o sentado.

Por ejemplo, la gente va a un restaurante chino y come con palillos. ¡Y eso no es fácil! Hay que tener mucha puntería, mucha coordinación. Hay huesos que intervienen, ligamentos y tendones, y un sistema nervioso.

Pero claro, nadie piensa que la mano ha evolucionado para poder comer con palillos en un restaurante chino. Entonces, habría que preguntarse para qué evolucionó.

De la misma manera que habría que cuestionarse para que evolucionó la inteligencia humana, porque somos capaces de hacer operaciones matemáticas, pero está claro que no hemos llegado aquí para sumar un medio y tres quintos.

Son preguntas tontas, pero geniales. Por eso, yo siempre lo digo que hay dos tipos de científicos, incluso entre los premios Nobel: los que encuentran algo que es muy importante y los que se hacen las preguntas.

Muy poca gente es capaz de plantear una pregunta que sea verdaderamente nueva y te haga ver la realidad (de forma que) te cambie todo.

Y usted ¿es del primero o del segundo grupo?

J.L.A: Yo me veo en el grupo de los científicos competentes que hacen su trabajo. Y, a cierto nivel, de los que se hacen preguntas.

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Se paga un precio por ser original, pero al mismo tiempo se obtiene el éxito”

Entre preguntas y respuestas, en el libro defienden que no somos tal chapuza, una especie mal hecha.

J.J.M: Ahora hay mucha gente que padece de la espalda, y cuando vas al médico te dice: «Es normal, tenga usted en cuenta que antes éramos cuadrúpedos y que al adoptar la postura erguida tenemos que pagar un precio».

A Arsuaga eso le irrita mucho, porque dice eso da la impresión de que somos una especie mal hecha. Y entonces te cuenta que somos un milagro, un milagro de la bipedestación, por la cantidad de equilibrios que hay que conservar para caminar con dos piernas.

J.L.A: ¡Y para patinar sobre hielo!

J.J.M: Pero al mismo tiempo te dice que sí somos una chapuza en un sentido.

Hay una expresión que dice que «le dan más vueltas que a un abrigo».

Viene de esa época de pobreza en la que un abrigo duraba mucho, del hermano mayor pasaba al mediano y luego al pequeño, se iba estrechando, ensanchando, y cuando se estropeaba mucho se le daba la vuelta y se le ponía el forro por fuera.

Arsuaga dice, junto a otros, que nosotros somos el resultado de eso, de darle vueltas al abrigo, de recoger órganos natatorios y convertirlos en pulmones.

Estamos hechos de los desperdicios de nuestros hermanos mayores.

Juan José Millás

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Estamos hechos de los desperdicios de nuestros hermanos mayores”

J.L.A: Cierto. Y ahora estoy acordándome de lo que fueron aquellos años —yo soy de los cincuenta — y de la cantidad de dichos que había sobre la ropa.

Por ejemplo, cuando se compraba una prenda nueva, se decía «que sea crecedera», para que durase.

Y luego había una expresión espeluznante que se decía cuando a un adulto le quedaban las mangas largas: «El difunto era mayor». Qué crueldad.

J.J.M: Es el reciclado. Nosotros somos el resultado de un reciclado.

Qué idea más contemporánea.

J.L.A: Sí, es una idea a la que se debería volver: la economía circular.

Otra de las cuestiones de las que hablan en el libro y que resuena con la actualidad es la afirmación de que lo más difícil en la sociedad es llevar la contraria.

J.L.A: Y tanto. Llevar la contraria, ser uno mismo. Es muy difícil porque la masa, el grupo, ejerce presión sobre el individuo. Así que al ir por ahí teniendo tus propias opiniones se paga un precio.

Pero al tiempo que es difícil, es la clave del éxito.

Es decir, nadie prestaría atención ni daría su tiempo por escuchar a alguien predecible.

El que se ajusta al patrón, a una norma, ese ya sabes lo que va a decir, por lo que deja automáticamente de ser interesante. Si ya sabes cómo acaba el chiste, ¿qué interés tiene? Lo interesante es que te sorprenda.

En el fondo, se paga un precio por ser original, pero al mismo tiempo se obtiene el éxito.

Como no eres previsible, la gente se queda hasta el final. Pero de eso sabe más Millás.

Juan Luis Arsuaga

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Muy poca gente es capaz de plantear una pregunta que sea verdaderamente nueva y te haga ver la realidad (de forma que) te cambie todo”

J.J.M: Es verdad que es muy curioso. Hice un reportaje hace tiempo para Canal Plus que se tituló Inteligencias singulares y que trataba precisamente de esto, de cómo había gente que fracasaba en la escuela y luego triunfaba en la vida.

La escuela es un camino muy estrecho en el que las inteligencias singulares no son aceptadas. Y mucha gente que es expulsada por inadaptada luego resulta que es gente que la sociedad necesita mucho: novelistas, directores de cine, payasos, humoristas, muchas veces científicos.

Es muy curioso que por un lado somos gente muy gregaria a la que nos da miedo tener comportamientos que se aparten del grupo, porque somos estigmatizados, pero que por otra parte la sociedad avanza o cambia gracias a las ovejas negras, a los que se salen del grupo, los que piensan diferente.

Hay una tensión continua entre el gregarismo y la individualidad y la originalidad.

En ese reportaje entrevistaba entre otras personas a una profesora de la Universidad Autónoma que me decía esta frase que me puso los pelos de punta: «La función de la escuela es normalizar, crear personas normales».

A mí aquello me dio mucho miedo, porque la gente normal me da mucho miedo. Y te diré una cosa que es paradójica: no hay nada más raro que la gente normal.

No existe. Ahí has mencionado que somos gregarios, y también somos una especie social. De hecho, Juan Luis, tú dices que un ser humano solo no es un ser humano, es otra cosa. Que un ser humano sólo existe en sociedad. Y ahora, en este contexto ¿qué somos?

J.L.A: Ahora tenemos la tecnología que nos permite conectarnos. No es igual, es un sucedáneo. Un sucedáneo al servicio de una pulsión natural, biológica, de socializar.

Pero también es una amplificación. Amplia enormemente a la biología social. La biología social te permite relacionarte con tus cercanos, y lo que estamos haciendo es relacionarnos a gran distancia con todo el mundo.

Es un buen ejemplo de relación entre biología y tecnología. Yo por biología querría estar hablando contigo aquí al lado, pero no es posible, y no por culpa del virus.

Entonces, aunque no sea igual, mantenemos una relación audiovisual a una gran distancia. Estamos haciendo biología y tecnología a la vez.

Y ahora que ha mencionado el virus… cuando hablamos en mayo se mostraba muy positivo con respecto al panorama. ¿Lo sigue viendo así? Y se lo pregunto también a usted, Juan José. ¿Lo ven con el humor y la ironía con los que abordan todo en el libro?

J.J.M: Yo me he fiado siempre mucho de lo que me ha dicho Arsuaga, y Arsuaga me dijo que esto duraría hasta el verano.

Quiero creer que así será, aunque veo que las balas silban cada vez más cerca.

J.L.A: Ten cuidado.

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«No queremos ser los últimos muertos de la guerra», dicen Arsuaga y Millás sobre la pandemia, pero son optimistas.

J.J.M: Aunque veo que el virus se extiende, que muere gente a punta de pala, yo me aferro a lo que dijo Arsuaga y firmo porque en el verano se haya acabado esto y siga vivo. Y Arsuaga también, porque tenemos un proyecto.

J.L.A: Es que si no es así, si nos morimos, la culpa la tendrá la administración. Porco governo.

Se trata de que nos vacunen. Punto. Ahora hay una vacuna, varias, como te prometí (dice dirigiéndose a Millás), que no solo resolverán el problema individual, tuyo y mío, sino que impedirán que el virus se transmita y extienda.

Al vacunar a la población no solamente salvas vidas sino que cortas las redes de transmisión del virus.

Si es que aquí nadie está a salvo hasta que lo estemos todos.

J.L.A: Exactamente. Yo digo que para el verano, porque confío en que estemos vacunados para entonces.

Eso, fíjate Juanjo, me ha producido un temor nuevo que a lo mejor lo compartimos: el temor a morir en la orilla.

¿Sabes a lo que me refiero?

Antes, cuando no había ninguna esperanza de vacuna o se veía como algo muy lejano, me decía: «Si me muero, pues mala suerte. No voy a meterme en una urna. Lo añadiré a los riesgos de la vida, igual que como cuando cojo el coche ya sé que puedo tener un accidente y lo asumo».

Pero ahora que está tan cerca la orilla, la vacuna, me está entrando la preocupación de a ver si voy a coger el virus y voy a morir cuando he cruzado todo el mar.

J.J.M: (El temor) a ser el último muerto de la guerra, ¿no? Cuando ya se ha firmado la paz pero hay alguien que no lo sabe y da un disparo.

J.L.A: No queremos ser los últimos muertos de esta guerra.

Es más, ¿sabes cuál es el último muerto de esta guerra? El que se muere entre la primera y la segunda dosis.

Por edad, en un par de meses deberíamos estar vacunados tú y yo. Seamos optimistas.

Este artículo forma parte de la versión digital del Hay Festival Arequipa 2020, un encuentro de escritores y pensadores entre el 28 de octubre y el 8 de noviembre.

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