Por qué estamos tan polarizados

El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se despiden después de ofrecer una rueda de prensa tras su reunión en la sede de la Presidencia regional, en Madrid, el 21 de septiembre de 2020.
El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se despiden después de ofrecer una rueda de prensa tras su reunión en la sede de la Presidencia regional, en Madrid, el 21 de septiembre de 2020.EUROPA PRESS/J. Hellín. POOL / Europa Press

Hace pocas semanas asistimos atónitos al espectáculo de las elecciones estadounidenses. Las principales cadenas de televisión llegaron a cortar el discurso del presidente de la nación, en el que denunciaba sin pruebas un fraude electoral generalizado. Estados Unidos lleva varios años inmerso en un proceso de creciente polarización, un fenómeno también observado en otros países, como Reino Unido y Nueva Zelanda. Según los trabajos de Luis Miller, del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC, en España también ha crecido la polarización afectiva e ideológica y los sentimientos de los votantes de un partido hacia otros votantes están entre los más negativos del mundo.

Lo que entendemos aquí por polarización no es el hecho de situarse en los extremos del espectro político, sino el hecho de que existan fuertes sentimientos negativos hacia otras formaciones. Se han propuesto multitud de posibles explicaciones para este fenómeno: el aumento de la desigualdad después de la crisis del 2008, el malestar por la globalización, el auge de las redes sociales o incluso la reciente gestión de la pandemia. Aunque existe un marco para la discrepancia genuina sobre diferentes opciones políticas, es importante señalar que la polarización en España parece deberse mucho más a razones ideológicas y de organización territorial que a cuestiones concretas de la administración del Estado, tales como los impuestos o la gestión de los servicios públicos. Sin embargo, la causa última de la polarización tiene raíces profundas y entronca con nuestro pasado evolutivo como especie. Los psicólogos Jonathan Haidt y Joshua Greene, han señalado de forma brillante el papel fundamental que juegan las emociones en nuestro razonamiento moral y en nuestras preferencias políticas. La polarización se debe a nuestra tendencia a identificarnos emocionalmente con nuestra “tribu”, un hecho probado por la evidencia científica y anecdóctica. Los deportes de equipo nos enseñan de manera cotidiana lo fuerte que puede llegar a ser a este tipo de identificaciones emocionales. Obviamente, no necesitamos que sean tribus en el sentido literal de la palabra, sino que podemos fabricar “tribus morales” en función de la ideología, la religión, la etnicidad o incluso cuestiones triviales, como el uso de una determinada marca. La pregunta fundamental es: ¿por qué somos tan tribales?

Cuando se nos eriza el pelo al escuchar un himno, conviene recordar que nuestro cerebro está siendo en parte secuestrado por una tormenta emocional que procede de nuestro pasado remoto

En 1996, el antropólogo Lawrence Keeley liquidó la idea romántica y rousseauniana del “buen salvaje” demostrando que en la mayoría de las sociedades tradicionales, esto es, sin estado, las tasas de homicidio son órdenes de magnitud más altas que en las sociedades modernas. Así mismo, señaló que la guerra ha sido una constante en la historia y en la evolución del ser humano. No quiere esto decir que nuestro pasado violento sea inevitable. Steven Pinker, psicólogo de la Universidad de Harvard, ha documentado de forma exhaustiva cómo la violencia ha ido declinando en todos los ámbitos en las últimas décadas.

Nuestra tendencia a identificarnos emocionalmente con el grupo debió ser una cuestión de supervivencia en el pasado. El linaje humano tuvo que adaptarse a las cambiantes condiciones climáticas del fin del Pleistoceno empleando sus armas secretas: lenguaje, cultura y cooperación. Hace unos 70.000 años, los Homo sapiens modernos salieron de África y se dispersaron por todo el planeta adaptándose a los hábitats más hostiles. La Paradoja Humana consiste en que somos una especie ultrasocial y cooperativa con muy baja tendencia a la agresividad, y al mismo tiempo, capaz de cometer actos de violencia inusitadamente crueles. Se diría que tanto Hobbes como Rousseau tenían razón. En nuestra especie, la violencia está asociada frecuentemente a la defensa del grupo. Ambas tendencias, docilidad y violencia, son innatas: nuestra mansedumbre viene de un más que probable proceso de auto-domesticación que debió producirse con la aparición de los sapiens modernos, favoreciendo a los individuos con mayor capacidad de autocontrol; la violencia viene probablemente de la necesidad de defender a la tribu en un contexto de alta competencia territorial.

Se conocen pocos detalles sobre las bases neurológicas del tribalismo, pero una molécula candidata a estar involucrada es la oxitocina, la cual tiene un efecto calmante en el organismo y se ha visto que, en general, promueve la confianza entre las personas. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que esta molécula también tiene un lado oscuro: favorece el etnocentrismo e incentiva la falta de honradez si esto favorece los intereses del grupo. Nuestras tendencias grupales son tan fuertes que se ha dicho que los humanos somos 90% chimpancé, 10% abeja, ya que a veces estamos dispuestos a morir para defender a nuestro grupo, como lo hacen las abejas para defender el panal.

La polarización, como un estado de fuerte identificación emocional con nuestra tribu moral, constituye un estado pre-bélico que necesitamos revertir

El ya mencionado Jonathan Haidt y sus colaboradores han formulado recientemente una teoría, de acuerdo con la cual los humanos tenemos diferentes “receptores morales” universales que serían adaptaciones a amenazas y oportunidades de la vida social, y por tanto, deberían tener un asiento en el genoma, aunque todavía estamos lejos de conocer estos detalles. El término establece una analogía con los receptores del gusto, aunque no estarían situados en la lengua sino en el cerebro. Los receptores morales estarían relacionados con diferentes aspectos importantes para la supervivencia del grupo, tales como: el cuidado/daño físico a otras personas (especialmente a los más desvalidos), la sensación de justicia/engaño (que cada cual reciba lo que se merece), la lealtad/traición a los intereses del grupo, el respeto/subversión a la autoridad y a las jerarquías establecidas, y la pureza/degradación de ciertos actos. Diferentes sistemas morales o ideologías apelarían a diferentes receptores o lo harían de diferente manera. Por ejemplo, es muy probable que el receptor de pureza/degradación sea muy importantes para grupos religiosos ultraortodoxos y poco importante para la mayoría de la población.

Mientras que el reto ahora mismo para los biólogos consiste en estudiar la existencia física de dichos receptores, para la filosofía moral consiste en encontrar formas de convivencia entre individuos con matrices morales diferentes. La polarización, como un estado de fuerte identificación emocional con nuestra tribu moral, constituye un estado pre-bélico que necesitamos revertir, aprendiendo a discrepar de una forma más constructiva. El pasado evolutivo no tiene por qué determinar nuestro futuro, pero tampoco es irrelevante. El tribalismo es gasolina para los humanos, como demuestran algunos episodios particularmente cruentos de la historia reciente, como el genocidio tutsi en Ruanda de los años noventa. Cuando se nos eriza el pelo al escuchar un himno, conviene recordar que nuestro cerebro está siendo en parte secuestrado por una tormenta emocional que procede de nuestro pasado remoto y esto, tal vez, pueda impedir que las emociones acaben sustituyendo del todo a la razón.

Pablo Rodríguez Palenzuela es catedrático de Biología Molecular en la Universidad Politécnica de Madrid

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