No hay más patria que el rock

El 17 de enero de 1981 estaban ya en flor los almendros, que no eran sino los conjurados en el golpe de estado del 23-F que se estaba cocinando y tal vez el teniente coronel Tejero ya había comenzado a hacer gárgaras con la clara de dos huevos, los suyos propios que eran también los de la patria, para suavizar la garganta con la que poco después en el asalto al Congreso, pistola en mano, gritaría: “¡ Que nadie se mueva, todos al suelo, al suelo!”. Pero en la noche de aquel día, sábado 17 de enero de 1981, dos horas antes de que comenzara el concierto, sucesivas oleadas de búfalos llenos de garfios e imperdibles, cada uno con su niebla en el belfo, avanzaban hacia el norte del paseo de la Castellana en dirección al pabellón del Real Madrid. Las linternas de los furgones de la policía pasaban ráfagas de color cobalto sobre las cabezas de aquel rebaño. A nadie de esta manada le importaba el ruido de sables ni otra patria que no fuera el rock.

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