Los últimos gigantes

Hace cinco años, Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.

“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.

Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.

Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.

Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.

Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.

Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.

Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ―un lugar muy conocido en la provincia― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.

Antiguos titanes

Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.

Pero es Argentina el país en el que hasta ahora se descubrieron más especies: 35, como el Argentinosaurus, el Saltasaurus, Bonitasaura salgadoi y el Patagotitan mayorum, de 37,2 metros de longitud y un peso equivalente al de diez elefantes africanos. “Siempre me fascinaron por su tamaño”, reconoce Hechenleitner, investigador de CRILAR (Centro Regional de Investigaciones Científicas y Transferencia Tecnológica de La Rioja) y Conicet. “Cómo estos organismos pudieron cumplir con todas sus funciones biológicas siendo tan grandes”.

Contradiciendo a las reconstrucciones de la mayoría de los museos del mundo, el biólogo australiano Roger Seymour sostiene que lo más probable es que estos saurópodos no hubieran podido levantar sus cuellos como jirafas. Más bien, mantenían sus cabezas horizontales al suelo. Este investigador de la Universidad de Adelaida indica que para poder alzar su cuello, el corazón de estos animales tendría que haber sido enorme para bombear la sangre suficiente para que llegara a sus cabezas.

En Sudamérica, la mayor parte del registro de los fósiles de titanosaurios se limita a la Patagonia argentina y la cuenca de Bauru en el suroeste de Brasil. “Lo interesante de nuestro descubrimiento en La Rioja», cuenta el paleontólogo Agustín Martinelli, miembro del equipo, «es que llena un vacío entre estas dos regiones”. Los resultados de los análisis de estos investigadores muestran que las dos nuevas especies encontradas tienen afinidades con las especies patagónicas y brasileñas, lo que refuerza la hipótesis de una estrecha relación entre las faunas de saurópodos del norte y sur del continente sudamericano.

Hacia finales del Cretácico, estos animales se habrían extendido por América del Sur, que por entonces era una isla separada de otras masas de tierra. “Los titanosaurios eran gregarios”, dice el paleontólogo Lucas Fiorelli. “Se desplazaban en enormes manadas”.

Estas dos especies ―Punatitan y Bravasaurus― habrían convivido en el mismo lugar. Aunque no eran tan enormes como el Patagotitan, que los antecedió unos 30 millones de años. “No sabemos muy bien a qué se debió el cambio de su anatomía”, advierte Hechenleitner. “Quizás fluctuaciones en el clima y la vegetación impulsaron su reducción. O la aparición de las gramíneas: al comer estas plantas no necesitaban ser tan grandes”.

El lugar donde los científicos argentinos hallaron sus restos habría sido la planicie de inundación de un río, uno de los ambientes que más habrían frecuentado las manadas de Punatitan y Bravasaurus. “Sospechamos que podrían haber sido anfibios, como los hipopótamos”, especula Hechenleitner. “Eran animales muy grandes que pasaban mucho tiempo cerca o dentro del agua. Evidentemente, en la zona vivían manadas y muchos murieron ahí”.

En la excavación aparecieron también dientes de terópodos o dinosaurios carnívoros y de cocodrilos. Los cuerpos de estos titanosaurios deben haber estado expuestos durante mucho tiempo y animales carroñeros los habrán aprovechado como alimento.

El misterio de los nidos

Pero en especial a estos paleontólogos les sorprende del lugar la cantidad de huevos fosilizados que hay en la Quebrada de Santo Domingo. “Creemos que es uno de los sitios de nidificación más grandes del mundo”, sugiere Fiorelli. En otros yacimientos como Auca Mahuevo (en Neuquén, Argentina), Dholi Dungri (India) y Toteşti (Rumania) se preservaron huevos de estos animales pero no en semejante cantidad.

El número exacto de los huevos fosilizados de este valle precordillerano aún es un enigma. Se encuentran distribuidos en tres niveles y rondarían los cientos de nidos. Cada especie habría tenido su propia estrategia de nidificación. Los huevos están agrietados, ligeramente comprimidos y miden 14 centímetros de diámetro en promedio. Una hipótesis es que probablemente fueron sepultados en una inundación lo que ayudó a que se conservaran.

“Esto nos permite conocer un poco más la biología reproductiva de los titanosaurios”, agrega Fiorelli. “Fueron animales que nidificaron en todo el mundo y de manera masiva. No empollaban como las aves actuales, sino que habrían tenido un comportamiento similar al de las tortugas marinas que anidan en conjunto en una playa y generan cientos o miles de nidos y los dejan que se incuben naturalmente. Elegían deliberadamente estos sitios para nidificar”.

Estos hallazgos, creen los investigadores, son solo la punta del iceberg. “Tenemos más fósiles para extraer y preparar”, reconoce Hechenleitner. “Encontramos otro fémur que nos va a llevar un tiempo sacarlo. Estos descubrimientos son una instantánea en el tiempo. Abren una nueva ventana al pasado lejano de la vida en la Tierra”.

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