Los palestinos de Jericó y el miedo a convertirse en una «isla» tras la anexión de Israel

En su palmeral del valle del Jordán, Mamun Jasr se pregunta qué le depara el futuro. Si Israel se anexiona las tierras que rodean la ciudad de Jericó, como prevé hacer, este palestino teme encontrarse como un náufrago en medio de una «isla».

Contable de formación, Mamun emprendió hace diez años el ambicioso proyecto de convertirse en agricultor, pues considera el cultivo de la tierra como un «acto de resistencia» ante la ocupación israelí de Cisjordania desde hace más de 50 años.

Este hombre de unos cincuenta años reparte su tiempo entre su oficina en Qalqilyah, en el norte de Cisjordania, y sus 1.300 palmeras datileras plantadas decenas de kilómetros más al sur, en la ciudad oasis de Jericó.

La ciudad palestina de 20.000 habitantes es la «capital» del valle del Jordán, llanura acuífera enclavada entre dos montañas desérticas y donde se suceden las explotaciones agrícolas.

Pero Israel quiere anexionarse esta tierra, en la que ya hay dispersadas decenas de colonias israelíes, al considerarla esencial para su seguridad.

Mamun Jisr recuerda bien el mapa de la anexión que propuso el primer ministro israelí en septiembre de 2019. Con ayuda de una vara, Benjamin Netanyahu señalaba una larga zona azul en el plano, que representa el valle del Jordán y que pasaría a ser israelí, y en el medio, una mancha marrón: Jericó.

– ¿Qué permisos? –

El miedo del agricultor crece conforme avanzan las semanas, pues a partir del 1 de julio, el gobierno israelí tiene previsto presentar su estrategia para llevar a cabo el plan estadounidense para Oriente Próximo en el que figura esta anexión.

«Jericó va a convertirse en un enclave», advierte el palestino mientras inspecciona sus palmeras, cuya sombra alivia del sofocante calor.

«¿Quién sabe si voy a poder salir para vender mis dátiles? y ¿quién sabe si podré volver a ‘la isla de Jericó’ si tengo que ir a Qalqilyah?», se interroga.

Se desconocen muchos detalles del plan de anexión y algunos observadores estiman que Israel podría comenzar por anexionarse algunas de sus colonias en Cisjordania y dejar de lado el valle del Jordán. Al menos, en un primer momento.

Pero Juedh Asseed, responsable de la unión de agricultores de Jericó, no puede evitar preocuparse.

Si su ciudad se convierte en un islote, «¿qué va a pasar con los habitantes cuyas tierras se encuentran en el exterior? ¿Qué tipo de permiso les dará Israel para ir a cultivarlas?», lanza.

«Si dejamos nuestros campos aunque solo sea uno o dos días sin que nadie se ocupe de ellos, se volverán incultivables», afirma Asseed, que precisa que todas las tierras agrícolas del valle necesitan ser irrigadas.

«No se puede contar con la lluvia, así que ¿qué va a pasar si Israel no nos da la autorización de ir a regar o aumenta todavía más su control sobre el acceso al agua?», declara con preocupación. Su otro temor es que colonos israelíes acaben por recuperar estas tierras.

Para el alcalde de Jericó, Salem Ghrouf, «si Israel sigue adelante con su proyecto de anexión, numerosos habitantes podrían perder su trabajo en el exterior de la ciudad, lo que será un grave problema económico».

«Jericó es el corazón del valle del Jordán y depende de los pueblos de alrededor, cuyos habitantes vienen aquí para hacer sus compras y trabajar», subraya.

– «Miedo de perderlo todo» –

El alcalde se opone a cualquier posibilidad de acuerdo con Israel para permitir a los habitantes continuar trabajando en las explotaciones vecinas, pues esto significaría resignarse a la anexión. «Jericó forma parte de Palestina y en ningún caso puede ser separado», insiste.

Entre tanto, Mamun Jasr apenas logra conciliar el sueño y espera la llegada de soldados israelíes de un día para otro. Y no sería la primera vez. Hace cinco años, encontró en su campo una orden de expulsión, en la que el ejército afirmaba que sus palmeras datileras se encontraban en tierras israelíes.

Acudió ante el Tribunal Supremo israelí, que falló a su favor.

Pero si se produce la anexión, la decisión puede cambiar, estima Jasr. «Si el ejército vuelve, esta vez no tengo ninguna posibilidad», suspira. «Invertí todo mi dinero en esta explotación y ahora tengo miedo de perderlo todo».

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