Los nuevos maestros

Es el momento para hablar de quién es verdaderamente “un maestro”, y de qué significa ser un maestro en esta época, más allá de la pandemia. (EFE/EPA/STRINGER)

Es el momento para hablar de quién es verdaderamente “un maestro”, y de qué significa ser un maestro en esta época, más allá de la pandemia. (EFE/EPA/STRINGER)

“¡Sos un maestro!”, suele decir un querido amigo. La expresión pretende ser elogiosa y halagadora. Claro, mi amigo está arriba de los 50 y, al igual que yo, experimentó una travesía escolar durante su infancia en donde la figura de su maestro o maestra significaba un montón. Era fuente de autoridad y sabiduría por igual, de confianza y contención, de rigurosidad y paciencia a la vez, de entrega e incondicionalidad. Estaba siempre, en todo momento, en todos los dominios, para ejercer con voz de mando y abrazo fraternal la tarea de prepararnos para la vida adulta. El “sos un maestro” remite no tanto a la nostalgia de una infancia feliz y lejana, sino principalmente al símbolo de un actor protagónico en nuestra formación. Es una deuda de gratitud permanente que yace íntimamente en nuestra memoria.

Ya ingresados en septiembre, y mientras el Covid-19 y la cuarentena continúan haciendo de las suyas, me pregunto cuál será la frase equivalente de estos niños y niñas que actualmente estamos escolarizando. O, dicho de otro modo, en qué contexto y con qué intención dirán “¡sos un maestro!” cuando peinen canas.

Es atinado hacernos esta pregunta ahora, no tanto por la pandemia, sino más bien por la época que estamos viviendo. Vale recordar que en septiembre celebramos el día del maestro (11), y por ello hablamos mucho de Sarmiento, su legado, la tarea docente, la escuela normal y la situación educativa actual. Pero no solo eso, sino que también celebramos el día del estudiante (21), no tanto para hablar de ellos, sino para recordar la repatriación de los restos de Sarmiento. A su vez, celebramos el día del profesor (17), para recordar a Estrada. También celebramos el día del preceptor (19) y la sanción del estatuto docente (12), el día del bibliotecario y la fundación de la biblioteca de Buenos Aires (13), el día de las bibliotecas populares (23) y de la informática educativa (22), todo en un mes en donde recordamos el día internacional de la alfabetización (08) declarada por UNESCO en 1965. Septiembre es el mes para hablar de educación, de escolaridad, de los legados que hoy usufructuamos, y de aquellos que nosotros mismos legaremos a las generaciones futuras. Sin duda es el momento para hablar de quién es verdaderamente “un maestro”, y de qué significa ser un maestro en esta época, más allá de la pandemia.

En 1870, Sarmiento creó la primera Escuela Normal Nacional en Paraná, en donde se brindaba formación teórica, mediante el Curso Normal, y formación práctica, a través de la aplicación de los saberes y habilidades adquiridas en la Escuela Modelo de Aplicación. Así nace la corriente de normalismo en nuestro país, y el maestro encuentra una institución dedicada a su preparación en el método, la didáctica y la pedagogía para la enseñar escolar. El proyecto republicano naciente de Argentina de finales del siglo XIX abraza a esta forma de magisterio, apuntalando así la intención de Estado de fortalecer la idea de una ciudadanía novedosa. La ley 1420, sancionada en 1884 durante la primera presidencia de Roca, impone la educación obligatoria, gratuita y gradual a todos los niños y niñas de 6 a 14 años del país, con el objetivo de favorecer y dirigir simultáneamente su desarrollo moral, intelectual y físico. Los maestros debían estar en condiciones de garantizar los aprendizajes mínimos señalados en el artículo 6, que comprendían lectura y escritura, aritmética, geografía e historia, principalmente nacional, idioma nacional, moral y urbanidad, higiene, ciencias matemáticas, físicas y naturales, dibujo, canto y gimnasia, además del conocimiento de la Constitución Nacional.

De esta manera, los cuatro lenguajes señalados por la investigación de Logan, el oral, escrito, matemático y científico, organizados por el Estado desde el normalismo de sus maestros y desde la escolarización obligatoria de sus niños, todo concebido para uniformar lo heterogéneo (el norte y el sur, la cordillera y la llanura, el local y el inmigrante, el rico y el pobre), y para dar fortaleza a la unidad de la Nación. El objetivo principal era el colectivo nacional y la exaltación de la soberanía, y para ello se necesitaban cantos, colores patrios, símbolos, próceres y procesos de reproducción cultural. El maestro de nuestra infancia, un siglo más tarde, era un fiel reproductor de esa tradición y práctica, de esa creencia, de esa formación normal, de ese magisterio, de esta política de Estado. Conocía su disciplina, dominaba didácticas de enseñanza, y reproducía sin cesar, año tras año, cohorte tras cohorte. Volver a visitar nuestras escuelas significaba verificar que el proceso continuaba reproduciéndose prácticamente en los mismos términos, con mínimos cambios. Un deleite para nuestra nostalgia, sin duda, pero un gran interrogante para esta nueva época.

En una reciente investigación realizada en conjunto por el Banco Mundial y el Ministerio de Educación de Chile, se señala que, si la interrupción de clases presenciales como consecuencia del Covid-19 se prolongase por un año escolar completo, los estudiantes podrían perder, en promedio, un 88% de los aprendizajes del año, cifra que asciende a 95% en alumnos de menores recursos. Y que la educación a distancia de aquellos que asisten a establecimientos públicos sólo podría mitigar un 6% el efecto del cierre de escuelas. La conclusión me resulta obvia: el maestro actual es un buen reproductor de la rutina presencial, pero fuera de ella realiza una tarea sin trascendencia para los aprendizajes escolares. En un mundo inundado de recursos tecnológicos y digitales, con plataformas y repositorios de contenido de gran calidad y de acceso gratuito por doquier en todos los idiomas, el maestro, mi maestro, solo hace pie en la presencialidad. La tradición del normalismo, desafiada a fondo por la nueva normalidad y por el mundo de la cultura digital.

La corriente del normalismo buscó combatir el analfabetismo de los 4 lenguajes, con éxito. En los últimos 200 años, los niños que recibieron educación básica aumentaron del 17% a cerca del 90% en el mundo, gracias a lo cual los niños que aprendieron a leer aumentaron del 12% al 88% en el planeta. Como política de Estado, el normalismo y los sistemas educativos nacionales fueron tremendamente exitosos. Sin embargo, el cambio de época parece estar demandando un nuevo perfil de maestro, más amigado con las tecnologías, más adaptativo y con mayor entusiasmado por explorar sistemas individuales de seguimiento de aprendizaje.

El mundo post internet ha configurado una matriz de recursos, relaciones y diálogos estremecedoramente abundante y fértil. Tal vez la presencialidad tenga virtudes como diseño institucional educativo y como política de Estado, pero no debería ser el sistema excluyente. No deberíamos ponernos en una situación en donde, sin presencialidad, nadie aprenda. Para ello necesitamos nuevas escuelas, nuevos procesos, y nuevos maestros. Lo repito una y otra vez, la escolaridad distante forzada (esto que estamos vivenciando mientras esperamos la vuelta a clases) no es equivalente a educación a distancia, y por ello muestra una capacidad remedial o mitigante tan poco significativa.

Hablar de Sarmiento y Estrada es hablar de legados pasados, legados que, sin dudas, van encontrando el final de su vida útil. Me pregunto en dónde se estarán gestando las nuevas ideas, el normalismo de la nueva normalidad, tan necesario para que los niños actuales recuerden con afecto y gratitud a sus maestros actuales.

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