Las misiones espaciales privadas elevan el riesgo de contaminación biológica

Ratones, codornices, pececillos de agua dulce, cucarachas, polillas y moscas. Esta fue la selección de animales a los que la NASA suministró en 1969 roca de la Luna pulverizada, vía intravenosa para los ratones, y en la comida para el resto. El Apollo XI volvió a la Tierra con muestras de nuestro satélite. Sus tres astronautas estuvieron tres semanas en cuarentena y su valioso cargamento fue testado durante meses. ¿Para qué? Para asegurarse de que los primeros materiales extraterrestres recogidos por el ser humano no fueran a contaminar la Tierra.

Protección planetaria. Es la denominación técnica para los protocolos de prevención de contaminación biológica en el sistema solar, la que podemos ocasionar los humanos en otros cuerpos celestes y la que podemos traer a la Tierra en misiones de retorno. Los niveles de protección planetaria se establecieron en 1958, un año después del vuelo del primer satélite soviético Sputnik, con la creación del Comité de Exploración Espacial (Cospar), una oficina dependiente del Consejo Internacional de la Ciencia. El CSIC es el representante español en el Cospar.

El Consejo Nacional del Espacio (NSC), un órgano de la Casa Blanca, hizo público el pasado diciembre un documento en el que sentaba las bases de un cambio sustancial en la protección planetaria: esta responsabilidad ya no debe ser solo de la NASA sino del Gobierno, y con “un papel clave [de coordinación] del Departamento de Sanidad”. El NSC advertía de que los procedimientos para evitar dañar la Tierra y otros planetas han cambiado poco desde las misiones Apolo, hace más de 50 años. “Teniendo en cuenta el rápido crecimiento de la capacidad y la actividad del sector privado, es muy probable que empresas de Estados Unidos sean participantes clave en la búsqueda de vida [extraterrestre]”, afirma la NSC. “En cambio, los procesos de aprobación y supervisión de las misiones privadas no están claros en cuanto a protección planetaria”.

El pasado octubre, el Instituto para el Análisis de Defensa (IDA), un centro de estudios próximo al Gobierno estadounidense, publicó un informe en el que advertía de las vulnerabilidades que genera el sector privado, y ponía como ejemplo la misión israelí Beresheet, del millonario Nova Spivack, que en 2019 se estrelló en la Luna transportando miles de ejemplares de tardígrados, un animal microscópico y uno de los seres vivos más resistentes que se conocen, en la Tierra y en el espacio, según los experimentos realizados.

La principal preocupación es que la contaminación humana altere los resultados de los experimentos en Marte que pretenden dilucidar si hay vida en el planeta rojo

Space X, la empresa aeroespacial de Elon Musk, es el principal actor privado en la carrera espacial. Además del éxito de sus unidades de lanzamiento y navegación reutilizables, Space X desarrolla una nueva nave que pueda alcanzar Marte y volver a la Tierra, con el objetivo de realizar el primer viaje en 2024. También la compañía Virgin Galactic ha comentado su interés en desarrollar proyectos en el planeta rojo. Actualmente hay seis unidades humanas en Marte, entre sondas que orbitan el planeta, aterrizadores –los módulos de descenso y de toma de análisis– y el robot Curiosity en su superficie. Se estima que este febrero alcancen Marte tres nuevas misiones: la china Tianwen-1, la sonda saudí Hope y el nuevo vehículo de la NASA Perseverance. El proyecto marciano inmediato más ambicioso lo lidera la Agencia Espacial Europea (ESA): en colaboración con la agencia Rusa, Roscosmos, está previsto que en 2022 despegue hacia allí la primera misión que debe retornar a la Tierra con muestras extraídas del planeta.

Tanto la Comisión Europea como la ESA han descartado valorar para EL PAÍS si las competencias europeas en protección planetaria deben continuar siendo una responsabilidad de la agencia o si la Comisión debe tomar cartas en el asunto. El panel de expertos del Cospar sobre protección planetaria explica a este diario que sus protocolos son el estándar internacional, pero no son legalmente vinculantes. La responsabilidad de la acción de empresas privadas en el espacio, precisa el Cospar, está regida por el artículo VI del Tratado del Espacio Exterior de Naciones Unidas. Este documento, aprobado en 1967 y suscrito por 110 Estados, estipula que “las entidades no gubernamentales” deben cumplir con el tratado, y que su aplicación debe ser regulada por el Gobierno del país donde operan. El artículo IX especifica que los Estados “procederán a la exploración de la Luna y otros cuerpos celestes de tal forma que no se produzca una contaminación nociva ni cambios desfavorables en el medio ambiente de la Tierra como consecuencia de la introducción de materia extraterrestre”.

El Cospar constata que las principales instituciones espaciales ―la NASA, la ESA y los organismos alemán y francés, Roscosmos, la CNSA china y la JAXA japonesa― cumplen con protocolos “exhaustivos de limpieza y esterilización”. Las categorías I y II son las menos exigentes y se centran en misiones donde se ha descartado una amenaza seria de contaminación. Las categorías III y IV se aplican a las naves que orbitan o se aproximan a cuerpos celestes donde se cree que hay o ha habido vida: esto requiere estudios sobres las posibilidades de impacto con la superficie, de la potencial contaminación biológica de los lugares donde se realicen las pruebas, el montaje y test de las piezas en laboratorios higienizados y la esterilización de los equipos que tocan suelo. La categoría V, la más elevada, está diseñada para las misiones de retorno a la Tierra con material extraído de cuerpos celestes en los que podrían encontrarse elementos orgánicos. En este nivel se obliga al aislamiento de las muestras extraterrestres, de las partes que han manipulado estas muestras y planes detallados para garantizar que la nave no se estrellará al entrar en la atmósfera terrestre. Además, todo el material no esterilizado deberá someterse a intensos procesos de análisis en aislamiento.

Bacterias marcianas

¿Cuáles son los peligros de la contaminación interplanetaria? Víctor Parro, investigador del Centro de Astrobiología del CSIC, señala que si se encuentra vida en Marte, “la mayor probabilidad es que sean organismos en el subsuelo, bacterias capaces de reproducirse sin oxígeno, con poca agua, nutriéndose de sales y hierro como fuente de energía”. El riesgo de que estas bacterias causen una hecatombe en la Tierra es una hipótesis de la ciencia ficción, según el relato de Parro: las potenciales bacterias marcianas estarían adaptadas al medio extremo de su planeta y la introducción en la Tierra seguramente acabaría con ellas, aunque concede que hay regiones de nuestro planeta con condiciones extremas similares a las de Marte.

Parro también indica que la contaminación cruzada ya se produjo probablemente hace entre 4.000 y 1.600 millones de años, cuando ambos planetas recibían multitud de asteroides del uno y el otro. Este científico del CSIC añade que las medidas de aislamiento del material que llegue de Marte pueden ser suficientes para eliminar potenciales amenazas.

El Cospar y las instituciones espaciales consideran que es mínimo el riesgo de extraer muestras de la Luna o de asteroides donde “no hay indicios de evolución química y/o de vida”, como las que llegaron a la Tierra el pasado diciembre con la nave japonesa Hayabusa-2 procedente del asteroide Ryugu. Pero la NASA, a través de un comité asesor independiente, concedió en 2019 que la seguridad total es imposible en las misiones de categoría V, las que llegarán de Marte. Parro lo corrobora y advierte del encarecimiento absurdo de las misiones que se puede alcanzar si la protección planetaria se convierte en una obsesión. “Desde las misiones Viking a Marte [1975] se sigue el procedimiento de eliminar microorganismos sometiendo el material en hornos a alta temperatura durante días. Con eso consigues mucho. Sería como cuando pasteurizas un yogur, que no eliminas todos los microorganismos, pero sí los suficientes para comértelos”.

La contaminación terrícola en Marte puede ser más probable, según han apuntado diversos estudios, que indican que formas de vida como esporas, semillas, larvas y huevos pueden sobrevivir en el exterior de una nave que realice el viaje a Marte. “Los microbiólogos lo tienen muy claro”, explica Andrea Butturini, profesor de biogeoquímica de la Universidad de Barcelona, “nadie va a poner límites a las capacidades de adaptación de los procariotas [organismos unicelulares como bacteria y archeas]. Algunos de estos organismos son tolerantes a condiciones extremas de pH, de temperatura, de calor, de vacío, de deshidratación, de falta de nutrientes y también a dosis elevadísimas de radiaciones ionizantes”. Butturini destaca que estos organismos extremófilos se han adaptado a entornos extremos, pero en determinadas condiciones que, si varían bruscamente, pueden morir. “Quizá puede ser que sean más apropiados [para llegar a Marte] microorganismos corrientes y omnipresentes con alguna destacable tolerancia”, dice Butturini: “No se puede descartar que la arquitectura de estas naves espaciales permita la existencia de rincones resguardados de estas oscilaciones ambiental tan brutales y tan cambiantes”.

La principal preocupación es que la contaminación humana altere los resultados de los experimentos en Marte que pretenden dilucidar si hay vida en el planeta rojo. Pero incluso así, añade Parro, el análisis del ADN de las muestras tomadas podría determinar si el material orgánico obtenido es de origen terrestre. Parro alerta de un exceso de celo en la protección de Marte: “Una vez pongamos el pie allí, ya no tiene sentido. Y de aquí a 100 o 200 años, cuando los humanos visitemos con cierta fluidez el planeta, la mezcla será inevitable. De hecho, la vida es eso, mezcla”.

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