Las madres rotas por la nueva violencia en Colombia

Las matanzas están desangrando nuevamente los campos colombianos. Y las víctimas son en su mayoría jóvenes. Esta violencia, que el gobierno vincula con un narcotráfico envalentonado, va dejando una estela de madres rotas.

Ya son 55 masacres este año según el observatorio independiente de violencia Indepaz. Desde el 11 de agosto han matado 64 personas en 15 ataques.

Las autoridades culpan de esos asesinatos múltiples a grupos que se disputan la producción y exportación de cocaína, tras el vacío dejado por las FARC, la guerrilla que firmó la paz en 2016.

El Estado tardó en ocupar los territorios que dominaron los rebeldes y hoy están en el centro de una sangrienta puja por su control, según analistas.

La AFP visitó a tres madres que enterraron a sus hijos en el suroeste colombiano.

– Ver morir  –

Óscar Andrés Obando fue baleado el sábado 15 de agosto, el día que lo esperaban para celebrar el cumpleaños de su papá. Angustiado, el padre entró en el cuarto donde atendían a su hijo de 24 años y trató de contener su desangre con unas gasas.

La madre de Óscar estaba ahí, viendo al uno luchar y al otro morir. Los tres coincidieron por última vez en un hospital.

«Me tocó ver morir a mi hijo en mis manos y en las manos del papá», se conduele Gladys Betancourth, una auxiliar clínica de 51 años.

Hombres armados irrumpieron en la fiesta que organizó su hijo y lo mataron junto a otros siete jóvenes. Decenas de amigos de Óscar se habían reencontrado en Santa Catalina, un paraje próximo al municipio de Samaniego, Nariño.

El hijo menor de Gladys era un universitario aficionado al fútbol que cuando reía se llevaba las manos al vientre.

La mujer recuerda que Óscar durmió a su lado el viernes y que al día siguiente no se despidieron. Lo encontró más tarde y le hizo prometerle que no se emborracharía.

Horas después una sobrina, aterrorizada, le soltó por teléfono: «están matando a los muchachos».

Gladys agradaba a Óscar con la única sopa que le gustaba, «el sancocho de gallina». No sabe quiénes y por qué lo mataron. Cree, sí, que no fueron guerrilleros del ELN, como se insinuó oficialmente. En diciembre de 2018 su otro hijo murió en un accidente.

«Ya no hay ganas para seguir viviendo», gimotea.

– Doble luto –

«Ese día les hice arroz con carne sudada (guisada)», recuerda Lucila Huila. Pero el almuerzo de sus dos hijos quedó servido. A esa hora Esneider (23 años) y Heine Collazos (25) sufrían sus últimas horas de vida.

Eran carpinteros y fueron capturados cuando iban camino a la finca de su padre, en la localidad de El Tambo, Cauca. Habían viajado desde Popayán con la idea de cortar árboles. Nunca llegaron.

Lucila, de 53 años, recibió una llamada «anónima» el 21 de agosto. Un hombre le advirtió que a sus hijos los «habían cogido y que si no iba un familiar, ellos no respondían».

El padre fue «pero no pudo hacer nada (…) se los habían llevado en una camioneta». «Vine por mis hijos, mis hijos no han hecho nada malo, por qué tienen que llevárselos» rogó el hombre.

Le respondieron «que ellos cumplían órdenes (…) y que no los siguiera más».

Sentí «una angustia muy horrible», recuerda Lucila desde su casa de lata y madera en la vecina ciudad de Popayán, adonde llegó huyendo con sus hijos en 2009 precisamente de la violencia en El Tambo. Junto a sus hijos mataron a otras cuatro personas.

Los hermanos fabricaron objetos que hoy son reliquias para Lucila: la cama donde duerme, un armario y la «tabla de picar cebolla».

Suplica a Dios que cuide a sus otros cinco hijos.

– Últimas palabras –

«Rabia» y «odio» invaden a Nancy Quiñonez (30). Los cadáveres de cinco adolescentes negros aparecieron en un cañaduzal de la ciudad de Cali, el 11 de agosto.

Su hijo Luis Fernando Montaño (15) estaba entre ellos. «El que hizo eso fue un animal, peor que un animal», dice la madre.

La «violencia» asedia a Nancy desde joven. A los 16 años escapó del municipio Magüí Payan, donde «se mantenía moviendo la guerrilla». Pero esa violencia de la que quiso resguardar a su hijo terminó por alcanzarlos.

«Luis Fernando era todo, se me llevaron todo», reitera la madre y empleada doméstica.

Nancy recuerda lo «muy amiguero» que era su hijo, casi siempre bailando o jugando fútbol «con los mismos niños que murieron con él».

El día del asesinato lo despidió con un cariñoso reclamo: «‘Luis Fernando levánteme la cabeza cuando le estoy hablando’. Lo último que me dijo (fue) ‘ay mi mamá'», relata la mujer.

Su ausencia retumba: «En la casa hace demasiada falta, en todas partes mi hijo hace falta».

Según la fiscalía, los responsables directos del crimen eran vigilantes del cultivo donde los jóvenes solían ir a cazar o comer caña. Las autoridades capturaron a dos hombres y buscan a un tercero.

Pero el «vacío que mi hijo dejó nadie me lo llena (…) sin Luis Fernando yo no soy nadie», dice Nancy.

Los ataques no acabaron ahí. Una granada estalló en el velorio de los jóvenes y dejó un muerto. La madre de otra de las víctimas recibió un panfleto intimidatorio.

Pero Nancy no desiste: «Las madres queremos llegar hasta el final, hasta que se descubra toda la verdad».

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