Las dos caras de la oposición

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Juntos por el Cambio emitió un comunicado el martes pasado en el que llama al Gobierno a conformar una mesa de diálogo para consensuar un “plan de desarrollo para la Argentina”. Esta acción puede ser analizada desde varios planos. En primer lugar, resulta llamativo que la coalición que perdió las elecciones en primera vuelta hace menos de un año crea oportuno convocar al presidente elegido democráticamente para consensuar las políticas a aplicar y así condicionar un programa de gobierno votado por la mayoría de los argentinos.

En segundo lugar, cabe recordar que cuando Juntos por el Cambio estuvo al frente del Ejecutivo Nacional -habiendo ganado la elección en un ballotage cuya diferencia fue inferior a los 3 puntos porcentuales- no solo no convocó a la oposición para consensuar sus políticas como ahora le reclama al actual gobierno, sino que se encargó sistemáticamente de criticar y demonizar a la oposición, al punto de impulsar y celebrar el encarcelamiento de dirigentes bajo la polémica “doctrina Irurzun”.

Este comunicado se emite en un contexto de suma tensión entre gobierno y oposición luego del papelón ocurrido en la Cámara de Diputados por la discusión acerca del reglamento para el tratamiento de leyes, en el que se debatía si las sesiones debían ser presenciales o virtuales. Si bien el mensaje del comunicado parece estar más cerca de un freno en la confrontación, al mismo tiempo vuelve a judicializar el conflicto a través de un recurso de amparo que impida las sesiones virtuales (tal como se realizan de forma consensuada y como lo ejecutan la mayoría de las legislaturas provinciales, aún en provincias donde JxC es oficialismo).

¿Cómo se entiende este doble juego entre el llamado al consenso y la judicialización de la política? ¿Cómo analizar la simultaneidad de la pirotecnia verbal de alguno de los dirigentes opositores (Patricia Bullrich, Elisa Carrió, Fernando Iglesias) que hablan de golpe de Estado, junto a la moderación y menor nivel de belicosidad de figuras tan importantes como Horacio Rodríguez Larreta o María Eugenia Vidal? Si bien está claro que existen diferencias internas en la coalición opositora respecto a la forma de vincularse con el oficialismo, también está fuera de discusión su necesidad de consolidar un espacio y evitar la fragmentación.

Si hay algo que deben haber aprendido, tanto el peronismo como los ex Cambiemos, es la necesidad de mantener la unidad si desean ser una opción de poder. La actual oposición tardó muchos años en entenderlo y poder encausarlo de manera eficaz, mientras que el peronismo lo comprendió a los tumbos, luego de derrotas duras en la Provincia de Buenos Aires en 2009 y 2013, y obviamente la pérdida del Gobierno en manos de Macri en 2015.

Aunque existan diferencias importantes hacia adentro de las coaliciones, el incentivo para conservar la unidad es determinante. Por eso, y aún a pesar de ser futuros contrincantes, tanto Horacio Rodríguez Larreta como Mauricio Macri o Patricia Bullrich no van a tensar la cuerda ni van a evidenciar fisuras hacia la opinión pública. Es posible que la actitud del larretismo se base en una calculada estrategia por la cual les deja a los “duros” de su coalición el enfrentamiento descarnado con el Gobierno, mientras ellos se benefician a partir de un perfil relativamente bajo, acorde a su reiterado eslogan del “trabajo en equipo”. Saben que, a final de cuentas, es muy probable que el electorado privilegie las opciones más moderadas por sobre las virulentas.

Pero dicha estrategia necesita del acompañamiento de los principales medios de comunicación. ¿Cómo puede ser viable para la opinión pública la armonía entre un sector de Juntos por el Cambio que ataca desde hace meses las decisiones de mantener el aislamiento preventivo y obligatorio, con otro conjunto de la misma coalición que, debido a su responsabilidad como gobernantes, al mismo tiempo apoya y ejecuta esas medidas tan criticadas? Imposible sin la anuencia y el blindaje de los principales medios de comunicación nacionales. Las críticas mediáticas de mayor impacto van dirigidas de forma deliberada hacia el gobierno nacional a pesar de que muchas provincias adoptan políticas asimilables, de manera autónoma, y cada vez con mayor necesidad: CABA (aunque siga flexibilizando), Mendoza, Córdoba, Jujuy, San Luis, por nombrar algunas de ellas. Bajo estas condiciones, la estrategia de Larreta no se enfrenta a grandes obstáculos: sólo un colapso total provocado por la pandemia puede golpearlo de lleno y modificar su curso de acción.

La reacción del gobierno nacional ante la verborragia exacerbada del “ala dura” de la oposición hasta ahora se mantiene, en líneas generales, dentro de lo equilibrado. Sólo el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, cruza ocasionalmente a la oposición con frases duras, mientras el Presidente y la mayoría de los ministros no han subido demasiado el tono hasta el momento. Habrá que ver los alcances y los límites de este modelo de comunicación, en un contexto de creciente violencia discursiva por parte de la oposición política y mediática (que también es política). ¿Pero cómo responderle a una oposición que denuncia golpes de Estado al intentar debatir una ley?

Creemos que no es momento para escalar la disputa en los hechos ni en el discurso, pero sí es necesario ampliar la capacidad de respuesta, sosteniéndose en la gestión y en el mandato de los votantes. Si no se suman mayores voces que la de Alberto Fernández o Cafiero al debate político y a la lucha por el sentido de los hechos, el principal damnificado será el mismo presidente, y arrastrará con él la posibilidad de achicar la grieta y disminuir la tensión entre los argentinos. No parece productivo ni deseable que la mayor parte de la opinión pública no conozca aún a varios de los ministros del gabinete. Resulta extraño, por ejemplo, que la ministra de Justicia Marcela Losardo no se ponga al hombro el proyecto de ley de la mal llamada “reforma judicial” y sea el Presidente quien deba salir a la arena pública a defenderlo.

Igualmente, más allá de lo coyuntural, creemos que es auspicioso para el país la conformación y consolidación de un sistema de partidos ordenado alrededor de dos grandes coaliciones. Se supone que dicha configuración tenderá a que se moderen discursos y políticas con el objetivo de captar las voluntades de los votantes del centro, más pragmáticos, quienes en definitiva deciden el resultado de una elección en una sociedad tan polarizada. Nuestro país atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, y necesita dirigentes responsables, que entiendan lo complejo de la situación, y que colaboren en pos de un objetivo común que consiste en superar la crisis y llevar tranquilidad a los argentinos. Resulta indispensable bajar el tono de la discusión pública, permitir que el gobierno lleve adelante las políticas por las que fue elegido, y que cada actor ejerza de manera sensata y comprometida las funciones definidas en nuestro sistema político. Es responsabilidad de todos y todas.

Los autores son licenciados en Ciencia Política (UBA) y analistas políticos.

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