La vuelta presencial a clases: profesores y alumnos, el día después del regreso al aula

Una de las secretarias de la escuela apunta con un termómetro digital al entrecejo de joven y anota su temperatura en una planilla antes de su ingreso. Foto: Fernando Calzada.

Una de las secretarias de la escuela apunta con un termómetro digital al entrecejo de joven y anota su temperatura en una planilla antes de su ingreso. Foto: Fernando Calzada.

Afuera de la Escuela Técnica N.º 27 de la ciudad de Buenos Aires, un grupo de chicos y chicas hace fila india para entrar al colegio. Un par de ellos llevan puesta la campera de egresados. Adentro, una secretaria se acomoda y espera detrás de una mesa de entradas improvisada. Son las diez de la mañana, todos llevan barbijo, no hay murmullo adolescente y las aulas están vacías. Un joven es el primero en pasar al establecimiento; la secretaria y él se sonríen con los ojos y parecen decirse mucho más que “Buenos días”. Después del saludo, la mujer apunta con un termómetro digital al entrecejo del joven y anota la temperatura en una planilla, junto a su nombre y apellido. Inmediatamente después, él pasa al lado de una torre sanitizante con alcohol en gel y se lo pone en las manos, que se frota con intensidad. La escena se repite unas ocho veces con cada uno de los alumnos. En el patio, Lucía Colli, la profesora de Química, espera que cada uno de ellos tome asiento en los pupitres, dispuestos con bastante separación uno del otro, para empezar con la clase.

El establecimiento fue una de las 410 de unidades educativas gestión estatal en toda la Capital Federal que, tras 213 días, volvió a recibir alumnos bajo un estricto protocolo y aplicando el concepto de “burbuja”, otro de los términos de moda que trajo consigo la pandemia. “Nosotros tenemos 200 profesores y 1180 alumnos. Al principio de todo, creímos que íbamos a volver a las aulas en un mes y medio, a lo sumo dos meses, pero no”, dice Oscar Lazbal, el rector de la escuela, y cuenta que comenzar a trabajar con todos los contenidos en forma virtual les llevó entre 20 y 25 días.

Decir “la vuelta a clases” sin aclarar que, en realidad, lo que volvió es el retorno presencial a las aulas, es faltar a la verdad. Desde que comenzó el aislamiento preventivo y obligatorio, los establecimientos educativos de todo el país debieron ser cerrados para evitar cualquier tipo de contagio; sin embargo, los docentes y alumnos nunca dejaron de llevar adelante –con muchas dificultades en algunos casos– la tarea de enseñar y aprender.

Durante todo el tiempo se realizan tareas de sanitización y desinfección. Foto: Fernando Calzada.
Durante todo el tiempo se realizan tareas de sanitización y desinfección. Foto: Fernando Calzada.

Ante la consulta por el obstáculo más recurrente que les planteó la virtualidad, Oscar dice que la falta recursos técnicos fue el más difícil de sortear, porque no todos contaban con una computadora o una buena señal de wifi para garantizar la conectividad (un informe del Observatorio Argentinos por la Educación mostró que, en el sector estatal, solo 6 de cada 10 chicos tiene acceso a banda ancha en el hogar). “Ese fue el mayor inconveniente. De hecho, entregamos alrededor de 50 netbooks que teníamos en la biblioteca para préstamos y, con eso, pudimos subsanar parte de la situación”, explica y agrega que el resto se resolvió gracias a la colaboración y el esfuerzo de las familias de los propios alumnos, que lograron que cerca de un 95 por ciento de los jóvenes estuviera en contacto con la institución. ¿El porcentaje restante? “La verdad es que no se han conectado. Ya sea por motivos económicos, técnicos o emocionales, lamentablemente, se han quedado afuera. No por estar sin conexión, porque nosotros sabemos dónde están, pero están desconectados porque no entregan los trabajos, no hacen las evaluaciones, no se conectan con el tutor o referente”, confiesa.

La Escuela Técnica N.º 27, Hipólito Yrigoyen, tiene como orientación la especialidad química. Es tan grande que ocupa casi toda una manzana y, cuando el rector invita a recorrerla, da la sensación de que no se termina nunca. Hoy, sus veintitrés aulas, sus nueve laboratorios y sus pasillos están vacíos, pero Oscar cuenta que, por acá, supieron pasar el exjefe de Gobierno porteño Jorge Telerman, el actor Diego Topa (más conocido como “Topa”, a secas) y el más célebre, Su Santidad Jorge Bergoglio. En la recorrida, hay tiempo para distenderse un rato; sin embargo, todo el tiempo, el hecho del vacío es algo recurrente. En un momento, Oscar se suelta y dice que extrañaba mucho a los chicos. “Sin ellos, todo esto es un cascarón vacío”, comenta y define, contundente: “La escuela vacía es un horror”.

La profesora Lucía Colli enseña a sus alumnos en un patio cerrado. Los pupitres tienen una distancia considerable entre unos y otros. Foto: Fernando Calzada.
La profesora Lucía Colli enseña a sus alumnos en un patio cerrado. Los pupitres tienen una distancia considerable entre unos y otros. Foto: Fernando Calzada.

-En un momento, mencionaste que, más allá de las cuestiones tecnológicas, existen cuestiones emocionales.

Y sí, porque hay bastantes chicos con angustia; esta es una situación rara, no es algo natural. Nosotros estamos diseñados para vivir en sociedad y compartir entre todos. Imaginate lo duro que debe ser para un adolescente estar encerrado con los padres en la casa todo el día… Hace un rato, leí el correo de un alumno que me contaba algunos de estos problemas emocionales y me decía que por eso no se conectan.

-¿Es difícil ser maestro en este contexto?

-La verdad es que sí. Yo, además de mi rol, soy profesor, tengo mis cursos acá adentro también y fue un desastre, un caos. Pasar de lo que uno tenía preparado para la presencialidad, hacia a lo digital, ha sido un desastre. Por suerte, acá teníamos la página del colegio activa, una web propia, entonces, a partir de esa página, todos los chicos podían ir a buscar material ahí. Con eso, nos organizamos muchísimo. Esta situación nos agarró a todos a contrapierna.

En uno de los laboratorios, está Gastón Siano, de 26 años. El joven, de pelo largo recogido, está ahí solo, acomodando y limpiando las mesas de trabajo. Cuando se le pregunta por su rol, cuenta que egresó en 2011 de esta misma institución y que, este año, se cumplen nueve desde que da clases acá. “Acá, en el laboratorio, tuvimos que aplicar la tecnología para poder enseñar. Utilizamos videos y simuladores; además, tuvimos la posibilidad de venir a grabar acá, para que los alumnos pudieran ver algunas de las prácticas”, cuenta.

Los alumnos que integran la burbuja, todos con barbijo, prestan atención a la clase. Dicen que están contentos de volver a la escuela. Foto: Fernando Calzada.
Los alumnos que integran la burbuja, todos con barbijo, prestan atención a la clase. Dicen que están contentos de volver a la escuela. Foto: Fernando Calzada.

Gastón dicta la materia “Tecnología de los Alimentos” y explica que intenta enseñar cómo los conceptos químicos se pueden aplicar a la industria alimentaria. “A pesar de la dificultad de no poder venir acá, pudimos llevar adelante prácticas sencillas, que no pusieron en riesgo la integridad de los alumnos y que nos dejaron muy satisfechos. El desafío fue ese, ante las limitaciones que hubo que enfrentar, que todos pudieran llevar adelante los experimentos y superar las barreras”, dice y agrega con visible felicidad que “muchos de los trabajos salieron buenísimos”.

Según Gastón, dictar clases virtuales no fue cosa fácil. Él sostiene que la principal diferencia entre lo presencial y lo virtual “tiene que ver con el tiempo que quizá uno debe dedicarle a la preparación de la clase”. Para él, los docentes estaban habituados a tener al chico al lado y a mantener una comunicación más fluida. “Con las clases virtuales, hubo que buscar infografías nuevas, tener todo el material digitalizado, y el trabajo se agrandó muchísimo”, sostiene y asegura que, para los profesores, los grupos de WhatsApp fueron fundamentales para darse soporte y contención: “Cuando uno de nosotros no entendía algo, se metía a ver un poco cómo lo hacía otro y se dio una dinámica mucho más colaborativa”.

-¿Qué te pasó cuando volviste a tener clases presenciales?

-El primer día, estaba toda la prensa y fue raro (risas). Nuestro trabajo es más íntimo, es más dentro de cuatro paredes. Los chicos estaban contentos, tenían muchas ganas de volver. Más allá del trabajo académico, una de las cosas que plantearon los chicos también fue que, con el paso del tiempo, algunos iban perdiendo la comunicación entre ellos. Así que también hubo una resocialización entre ellos y eso estuvo bueno.

Gastón, un profesor de 26 años, comenta que el hecho de dar clases virtuales no fue sencillo, pero que gracias a la ayuda de todos se pudo avanzar con los contenidos previstos. Foto: Fernando Calzada.
Gastón, un profesor de 26 años, comenta que el hecho de dar clases virtuales no fue sencillo, pero que gracias a la ayuda de todos se pudo avanzar con los contenidos previstos. Foto: Fernando Calzada.

Mientras termina de buscar unas cosas, se acomoda el barbijo y cruza miradas con Lucía Colli, la profe de Química Analítica Cuantitativa. Se viene el cambio de hora y es él ahora el responsable de seguir adelante con “la burbuja”. Ella empezó hace 11 años a dar clases y remarca que, por su formación, sabía que era posible que se desatara una pandemia como resultado de los modelos de producción y consumo, aunque nunca imaginó ni deseó vivir algo así.

Comenta que lo que más extraña son las voces de los estudiantes –»ese murmullo lindo»—, y que el silencio todavía le resulta un tanto extraño. También reconoce que le sigue impactando ver las aulas sin alumnos y que, a pesar de no haber dejado de ir nunca ni de dictar clases, ver la escuela así le da la impresión de estar en un edificio fantasma. Aclara que nunca sintió temor cuando le dijeron que iban a volver las clases presenciales, aunque no por eso dejó de ser muy respetuosa de la situación.

-¿Qué es para vos ser docente?

Para mí, este el sueño de mi vida. Es lo que siempre soñé.

-¿Te tocó atravesar momentos de angustia durante la cuarentena?

-Sí.

Oscar, el rector, define en una sola línea lo que le pasaba cada vez que veía el edificio sin actividad: "La escuela cerrada es un horror". Foto: Fernando Calzada.
Oscar, el rector, define en una sola línea lo que le pasaba cada vez que veía el edificio sin actividad: «La escuela cerrada es un horror». Foto: Fernando Calzada.

-¿Qué te provoca volver al aula?

Es algo hermoso (llora y hace silencio). Es abandonar el living, porque el living de mi casa no es un aula.

Los chicos y chicas de la burbuja también cuentan que extrañaban volver. Se ríen cuando al principio de todo creían que iba a durar menos, e inmediatamente se preocupan por percibir que la situación no prevé una salida rápida a todo lo que acontece. Están en el último año y se lamentan por no haber tenido su viaje de egresados, pero también dicen que esperan que pronto se vuelvan a habilitar los laboratorios para hacer las prácticas.

Después de la reflexión, Lucía y Gastón repasan junto a los jóvenes los temas que van a entrar en el examen del próximo jueves, que van a poder hacer desde casa. Pero no ahondan mucho en detalles, porque, después de todo, la realidad puede cambiar de un momento a otro, y tanto los profesores como los alumnos pueden dar fe de eso.

*Esta nota fue producida y escrita por una miembro del equipo de redacción de DEF

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