La beliceña Indira Andrewin y su debut como actriz desde Venecia

Los miembros del jurado de 'Venezia 77' (i-d) Joanna Hogg, Christian Petzold, Ludivine Sagnier, Matt Dillon, Veronika Franz, Cate Blanchett y Nicola Lagioia asisten al 77º Festival Internacional de Cine de Venecia, en Venecia, Italia.EFE/EPA/ETTORE FERRARI

Los miembros del jurado de 'Venezia 77' (i-d) Joanna Hogg, Christian Petzold, Ludivine Sagnier, Matt Dillon, Veronika Franz, Cate Blanchett y Nicola Lagioia asisten al 77º Festival Internacional de Cine de Venecia, en Venecia, Italia.EFE/EPA/ETTORE FERRARI

Venecia (Italia), 9 sep (EFE).- Indira Andrewin creció en un pequeño pueblo de Belice a orillas del Caribe. Ahora sin esperarlo ha debutado como actriz y lo ha hecho ni más ni menos que en la Mostra de Venecia, adonde ha llegado con la cinta «Selva trágica».
«Me siento como, wow, es real (…) He descubierto que este tipo de festivales existen, nunca había estado en uno tan grande como este, es increíble», explica riendo en un encuentro con Efe en Venecia, uno de los certámenes más importantes del planeta.
Andrewin es la protagonista de «Selva trágica», la película con la que la directora mexicana Yulene Olaizola compite en la sección Horizontes, la segunda en relevancia y dedicada a las nuevas vanguardias.
En la película da vida a Agnes, una enigmática joven negra que cruza el río Hondo, que separa su país con México, y se suma a un grupo de rudos hombres que trabajan en la extracción de chicle de los milenarios árboles de la selva en la década de 1920.
La recién llegada no habla español y su presencia desencadena sus fantasías y deseos más ocultos de los hombres, que ni siquiera sospechan que esconde en su interior el alma misma de Xtabay, la mujer legendaria que seducía a los antiguos mayas hasta arrastrarles a su perdición.
«Interpretarla fue algo grande porque es una historia de Belice y tenía que llevarla al mundo», asegura.
El rodaje de Olaizola fue duro, durante semanas grabando en plena selva, con los peligros que eso conlleva, pero ella le resta importancia con total naturalidad: «Yo crecía en la selva», apunta, siempre sonriente.
De hecho la directora explicó a esta agencia que para la grabación se apoyaron mucho en su experiencia y en la de los vecinos de la zona, conocedores de los riesgos del lugar.
Su fichaje en el proyecto de Olaizola ha dado un episodio nuevo a su vida. Es natural del municipio de Punta Gorda, en el sur de Belice, zona en la que se habla inglés, tiene 23 años y al terminar el instituto empezó una etapa como empresaria esteticista.
«Sobre mi carrera, es complicado. Después del instituto decidí que no quería ir a la Universidad así que me hice emprendedora y abrí un centro de masajes, spa y de terapias durante dos años. Luego vendía para el cuerpo», rememora.
Empezaron el rodaje en 2018 y al terminarlo decidió cerrar su negocio y viajar. Y ahora, como todo el mundo, se ha topado con la pandemia de coronavirus, que sin embargo no le ha impedido llegar a Venecia, donde está junto a su directora.
La experiencia de interpretar a Agnes fue «increíble», aunque no sabía qué esperarse del proyecto en el que se estaba embarcando.
Pero no le fue difícil ya que la historia de la mítica Xtabay le es más que familiar: «No la han contado durante generaciones en la familia y entre los amigos, es algo que todo el mundo cuenta» en Belice, asegura.
Y de hecho encontró en el personaje de Agnes algo casi personal: «Fue muy natural para mi porque es reservada y tranquila, cualidades que veo en mi misma», sostiene.
Ahora camina por el Lido de Venecia, alta y orgullosa, aunque un poco cansada por el viaje, mientras sueña con seguir una carrera que acaba de iniciar: el cine.
«Por supuesto que continuaría trabajando en el cine, sería impresionante y estupendo pero realmente no tenemos industria en Belice. Pero si tuviera la oportunidad la aprovecharía», promete.
Dada la ausencia de industria cinematográfica en este pequeño estado centroamericano, no descarta viajar a otros lugares.
¿México, quizá? No lo sabe, pero tampoco lo descarta. Aunque recuerda que no habla español.
«Desde luego tengo que aprender», zanja.
Gonzalo Sánchez

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