Fue adicto y creó un centro para ayudar a los jóvenes que buscan salir del infierno en medio de la pandemia

Germán Ferrante (35) trabajaba como supervisor de recursos humanos en una clínica y lo despidieron cuando voluntariamente se internó por sus adicciones. Le explicación que le dieron es que no querían trabajar “con personas así”, recuerda tristemente. “Arranqué en el mundo de las drogas cuando era muy chico. Empecé como si fuera un juego y luego me di cuenta lo caro que me había salido ese tipo de diversión. Con esta enfermedad uno empieza a tocar los fondos más crudos y dolorosos, y es muy difícil salir”, cuenta frente a Infobae.

Germán logró dejar de consumir después de muchos años de intentos y de fracasos. Lo único que lo motivó a salir adelante fue poder ayudar a las personas que padecían su misma adicción. Cuando estuvo internado por primera vez en El Candil, conoció a Omar Nuñez.

Un hermano de la vida. Una persona que me abrió la cabeza. Juntos empezamos a hacer grupos de contención dentro del centro de rehabilitación. Allí los chicos solo cortaban el pasto, limpiaban la pileta, los baños y ayudaban a cocinar. No hablábamos de los problemas que teníamos ni había psicólogos. Era solo un lugar lejos de la droga y aislado del mundo. Pero el problema de raíz no lo enfrentábamos. Era simplemente ocupar el cuerpo con actividades para que no pensáramos en la droga”, explica Ferrante. “Eso no sirve”, concluye.

Para realmente dejar de consumir hay que cambiar la forma de pensar, educar la voluntad y la disciplina de cada uno. A mí lo único que me hizo bien fue entender el porque de mi causa y estar contenido por mis amigos y mi familia”, explica German.

Pero llegó la pandemia y los centros de recuperación de adicciones cerraron. Hoy solo se atiende de manera virtual. “Hay cientos de chicos que necesitan ayuda. Hasta Narcóticos Anónimos hace grupo vía Skype… Pero te aseguro que un adicto en estado crítico lo que menos tiene es un celular. El adicto lo primero que vende es su teléfono para seguir consumiendo. Y necesita ayuda para frenar ¿a dónde va? De hecho, en Villa Oculta de los 10 chicos que atendemos solo 3 tienen celular y de esos 3 solo uno tiene datos para acceder a ese tipo de metodología”, explica frustrado.

Germán no se quedó quieto y pensó cómo ayudar: esos chicos no podían estar más de 100 días sin contención. Así, abrió un grupo llamado San Pantaleon en Villa Oculta -en el barrio de Villa Lugano, en la Comuna 8 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires- donde también funciona un comedor para ayudar a aquellos que se encuentran solos y desamparados.

Gracias a Dios cada día son más los chicos que se acercan. En el lugar les ofrecemos terapia y le hacemos un seguimiento personal a cada uno de ellos. Trato de reinsertarlos en la sociedad. Lo increíble es que viene funcionando”, cuenta emocionado.

El grupo en Villa Oculta se reúne todos los sábados de 19 a 21 horas y cada uno expone su propio drama. “Obviamente lo hacemos con los cuidados necesarios: barbijos, máscaras y guantes”, aclara. Juntos escuchan los testimonios y tratan de buscar una solución a los problemas que se plantean. “Lo bueno es que muchos ya pasamos por esas situaciones, por eso es mas fácil comprender y no juzgar. Hay un clima relajado y de paz”, detalla. Sin ninguna estadística más que su intuición, Ferrante asegura que durante la pandemia la adicción no se está tomando como una enfermedad y “las drogas están matando más gente que el COVID-19″.

Germán Ferrante no recibe ayuda de nadie, todo lo hace junto con su amigo Omar a pulmón. Desocupado, buscando changas y gastando el poco dinero que pudo ahorrar, él compra la comida y Omar se ocupa de los viáticos. “Llevamos la merienda y la cena, ya que estos chicos vienen con la panza vacía de días. Compramos todos los alimentos con nuestros ahorros y por más que nos estemos empobreciendo, somos muy felices”.

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