«Estamos abandonados a nuestra suerte», dicen refugiados tras incendio en Moria

Es una imagen de «fin del mundo». Cargando lo poco que quedó de sus pertenencias, los migrantes se sienten «abandonados» este jueves, en los alrededores del campamento de Moria, el mayor de Europa, reducido a cenizas por el fuego.

Bajo un sol intenso, en la carretera que conduce de Moria al pequeño puerto de Panagiouda, Fatma Al-Hani, siria de Deir-Zor, tiene en brazos a su hijo de dos años.

«Lo hemos perdido todo, estamos abandonados a nuestra suerte, sin comida, sin agua, sin medicamentos», suspira la joven, que acaba de salvar de las llamas sus documentos de identidad.

Pero Fatma se preocupa sobre todo por la situación del menor de sus dos hijos, que tiene fiebre y sufre vómitos desde el jueves por la mañana.

«¿Así que esto es Europa? ¡No puedo más, sólo pido que mi bebé esté bien, que pueda crecer en paz!», dijo en lágrimas la mujer.

Las fuerzas del orden cerraron varias rutas y formaron un cordón de seguridad que impide a los solicitantes de asilo dirigirse al puerto de Mitilene. Con el acceso limitado, los voluntarios o miembros de oenegés son pocos.

Hasta el martes, la megaestructura acogía a cerca de 13.000 personas. Desde entonces, los refugiados se dispersaron en los campos circundantes y en las carreteras que van a Mitilene.

– «¿Por qué esta falta de humanidad? –

«Ayer (miércoles), los policías lanzaron gases lacrimógenos. Hay niños, ancianos, discapacitados entre nosotros. Por qué esta falta de humanidad», exclamó Gaëlle Koukanée, una joven refugiada embarazada, que se protege del sol a la sombra de un olivo.

«Hace semanas que no veo un médico. Ya en el campamento de Moria, la vida no era fácil cada día. Nos faltaban retretes, duchas y teníamos miedo, como mujeres solas, de andar por la noche. Pero ahora estoy más angustiada que antes por mi futuro», agregó conmovida la congolesa de 21 años.

Antes de llegar a la isla griega de Lesbos, hace casi un año, la joven «soñaba con volver a estudiar literatura y reconstruir su vida».

«No sé si hacer planes ahora. Si sobrevivo a todo esto, será un milagro», consideró Gaëlle.

– «Todo se quemó» –

Su amiga, Clarisse, vivía en el mismo contenedor cuando empezó el fuego la noche del martes: «Todo se quemó. Ya no tenemos nada y las autoridades no parecen preocuparse de lo que vamos a hacer».

Las autoridades griegas enviaron este jueves un ferry para albergar a los migrantes más vulnerables. Pero muchos desconocen esa información.

«No sabemos nada, nadie nos dice adónde nos llevarán», dice Clarisse.

«Mi hija menor, de 5 años, se desmayó ayer. No ha comido en tres días. La policía ni siquiera quiere que vayamos a comprar provisiones al supermercado», cuenta esta madre soltera, quien sobrevivió durante diez meses a las sórdidas condiciones del campamento de Moria.

Algunos miran nostálgicos sus anteriores refugios improvisados.

«Vivía en ese contenedor, con mis dos hijas y sus hijos. No queda nada», constata turbado Anouar Bayou, un septuagenario sirio que camina con dificultad, con la ayuda de un bastón.

El olivar de Moria está todavía cubierto por una nube de humo de olor acre, donde sólo quedan restos de remolques y tiendas de campaña. Para Anouar, «este paisaje da la impresión de que es el fin del mundo».

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