En tanto el Gobierno mantenga este rumbo inflexible, será cada vez más difícil sentarse juntos a una misma mesa

Patricia Bullrich, referente de Juntos por el Cambio (Foto: Gustavo Gavotti)

Patricia Bullrich, referente de Juntos por el Cambio (Foto: Gustavo Gavotti)

Alberto Fernández llegó a la Presidencia de la Nación ungido por Cristina Fernández de Kirchner. Es el presidente del cuarto gobierno kirchnerista con una legitimidad de origen tan indiscutible como cuestionables son sus procedimientos y resultados.

Por primera vez en la historia, desde 1983 en adelante, la Argentina cuenta con una fuerza política opositora que sacó más del 40% de los votos el año pasado. Ese es el electorado al que desde Juntos por el Cambio tenemos que escuchar y representar para seguir creciendo.

Me encantaría creerle al Presidente cuando invoca al diálogo. La Argentina necesita consensos para lograr una agenda que tenga como único objetivo ayudar a la sociedad en este momento de angustia extrema, pero a Alberto Fernández hay que creerle más por lo que hace que por lo que dice. Y lo que hace es desdecirse permanentemente.

Sostiene que quiere diálogo, pero acusa injusta y falsamente a Juntos por el Cambio de los problemas estructurales que tiene la Argentina desde hace décadas.

Dice querer una Argentina desarrollista y de progreso, convoca a los empresarios a Olivos y unos días después anuncia que expropiará Vicentín. Luego hace lo propio con la reforma judicial, y termina por declarar como servicio esencial la TV paga, cuando en Argentina faltan cloacas, asfalto, luz, y las tomas de tierras son moneda corriente.

Dice que quiere una Argentina pujante, con generación de empleo, pero se abraza con Hugo Moyano, le levanta el brazo en público y lo muestra como el modelo sindical a seguir. ¿La sociedad está dispuesta a avalar que Moyano sea el prototipo de sindicalista en Argentina? Yo, no.

Pero estas no son las únicas contradicciones del Presidente: alabó el régimen feudal de Insfrán; violentó a terceros países con datos comparativos sobre la pandemia de manera falsa y deliberada; dice que la cuarentena no existe más y la estira hasta el infinito; recomienda usar barbijo y desaconseja las reuniones sociales cuando él mismo incumple.

¿Pueden lograrse acuerdos mínimos con dirigentes así? Acordar es también ceder. Y nosotros no estamos dispuestos a ceder si nos quieren imponer un modelo de aislamiento internacional para un país feudal que genere a diario cada vez menos federalismo y más dependencia individual del aparato del Estado.

Cuando fui ministra, en el Consejo de Seguridad Interior discutíamos las políticas alrededor de una mesa todos los ministros, secretarios y miembros de las fuerzas federales y policías: lo hicimos a pesar de las diferencias, logramos acuerdos importantes y los resultados fueron evidentes: conseguimos que la tasa de homicidios sea la más baja de los últimos 20 años.

Claro que teníamos diferencias, pero jamás especulé políticamente con un gobernador o una provincia por no pensar como nuestro gobierno porque siempre supe que tras las decisiones compartidas estaba en riesgo la vida de millones de argentinos.

Pese a todo se puede plantear una agenda común, pero el desprestigio a nuestro gobierno, el agravio gratuito y la indiferencia absoluta hacia lo que piensa y desea el 40% de la sociedad complica las cosas. Es difícil sentarse a dialogar cuando lo que se pretende no es la búsqueda de consensos sino de complicidades para la impunidad.

En tanto el gobierno mantenga este rumbo inflexible será cada vez más difícil sentarse juntos a una misma mesa. Consensuar y dialogar, siempre. Ser funcionales a un plan de poder absolutista, jamás.

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