El espía que se ocultaba en un yacimiento arqueológico

Llegaron a Águilas (Murcia) a finales del XIX en vagones de madera arrastrados por las máquinas de vapor de la compañía The Great Southern of Spain Railway Company Limited (GSSR). Eran los ingenieros británicos que iban a explotar las minas de hierro de la Sierra de Filabres. Las traviesas de aquel tren minero acababan justo en el embarcadero de Hornillos, donde los barcos alemanes, ingleses y con bandera neutral llenaban sus bodegas con el precioso cargamento férrico que sería indispensable en la inminente Primera Guerra Mundial. Frente al muelle, la pequeña isla del Fraile; y sobre el islote, el noble escocés Hugh Pakenham Borthwick, con sus sirvientes. Una de las mujeres que atendía su casa dejó grabada en cinta magnetofónica en los pasados años ochenta la vida cotidiana del aristócrata, que llegó en 1912 a la isla y la abandonó en 1920, poco después de terminar la Gran Guerra que destruyó Europa. Borthwich no prestó nunca atención al entorno arqueológico que pisaba, lo que permitió que el yacimiento se salvara del expolio. Y que, ahora, el Área de Arqueología de la Universidad de Murcia y el Museo Arqueológico de Águilas, con la colaboración del Ayuntamiento, excaven en busca de un auténtico tesoro: posibles restos de un edificio monumental, monedas, un asentamiento romano y una necrópolis islámica con un enterramiento infantil. A Borthwich nunca le interesó, porque estaba ocupado con su propio misterio. Solo miraba hacia un lugar: el muelle con los buques cargados de hierro. Iba apuntando el nombre de las naves y sus banderas.

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