El desafío del diccionario: ¿Por qué conocer más palabras amplía la visión del mundo?

El cambio de época modificó hábitos. Tenemos menos contacto con el exterior y los relatos de palabras e imágenes ocuparon, en muchos casos, el lugar de la experiencia. Leer una buena descripción de un paisaje, transmitir lo que sentimos al probar una comida o especificar cómo reaccionamos frente a la emoción o el temor son recursos valiosos y ricos a la hora de reconstruir experiencias. Marcel Proust, en su novela En busca del tiempo perdido, recrea el momento en que el personaje saborea una “magdalena” mojada en té. Con un gesto magistral, el escritor evoca con palabras las vivencias de la niñez del protagonista en un pueblo de Francia. Con menos pretensiones, hay que intentar eso: ser específicos, buscar la particularidad, encontrar la palabra justa.

Hace bastante leí una entrevista al escritor peruano Marcos Marto Carreras, que es el presidente de la Academia de Letras de su país. Sorprendido por cómo desaprovechábamos las posibilidades que da la lengua, afirmaba: “Una persona, en su vida cotidiana, utiliza unas 300 palabras; 500, si es culta. Un novelista bueno utiliza tres mil. Cervantes usó ocho mil”.

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Horacio Quiroga.

Según informó la Real Academia Española en Twitter, la última edición del diccionario académico (2014), registraba 93 111 artículos y 195 439 acepciones. Sobre el corpus que utiliza cada individuo, los especialistas sostienen: “Se estima que un ciudadano promedio habla o escribe con solo 1000 palabras”. Agregan, además, que ese número disminuye mucho entre los jóvenes.

No es la idea ponernos solemnes. No vamos a recurrir al “todo tiempo pasado fue mejor” ni vamos a juzgar a quienes tienen un vocabulario más reducido. Sabemos que hay muchos condicionamientos que determinan que un chico tenga más o menos contacto con el mundo simbólico de la lectura y la escritura.

El propósito de estas líneas es reflexionar sobre cómo -los que tenemos la oportunidad- no debemos desperdiciar ese universo tan fecundo a la hora de expresarnos.

En la variación está la magia

Un prendedor, un broche, un camafeo, un alfiler, un relicario. Creo que las aprendí todas juntas porque las usaba mi abuela. Aunque el relicario y el camafeo eran más frecuentes en la versión “colgante”, también había algunos para lucir en la solapa. “Nena, ponete un broche con esa camisa”, le decía a mi mamá cuando la veía prepararse para salir. “Este relicario me lo trajo el abuelo”, recordaba y me mostraba un pequeño objeto con forma de corazón que atesoraba -según contaba ella- un “pedacito del manto de Santa Teresita». Hoy,¿cómo le diríamos hoy a alguien que sume un accesorio a su “atuendo”? “Ponete algo, esa camisa es muy seria”. Acompañaríamos la frase, quizá, con la mano señalando el cuello.

Se estima que un ciudadano promedio habla o escribe con solo 1000 palabras.

Aunque el pronombre “algo” es correcto y lo usamos mucho, sabemos que ocupa el lugar de un sustantivo. A veces, es apropiado ser imprecisos porque no siempre tenemos decidido qué sustantivo elegir; pero en muchos casos, somos vagos, no nos detenemos a buscar la palabra justa. Es un ejercicio, un desafío para tener en cuenta. «No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuántas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo», la frase de Horacio Quiroga en El decálogo del perfecto cuentista puede parecer muy exigente, sin embargo es sencilla. Como en general «cosa» y «coso» nos sirven para salir del paso y hacernos entender no nos tomamos el trabajo de indagar en ese diccionario «pasivo» que está depositado en la cabeza.

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», dijo alguna vez el filósofo austríaco Ludwing Wittgenstein. Como decíamos al principio, la era no presencial aumentó el valor de la palabra. Más allá de que se trate de una historia personal en la que no pude evitar explayarme, se puede sacar una conclusión que funciona como regla: la realidad se vuelve más rica cuando tenemos más elementos para describirla.

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