David Cronenberg: “Creo firmemente en la superioridad del cine digital”

Cuando, en 1996, se estrenó Crash, adaptación cinematográfica de la novela homónima de J. G. Ballard dirigida por David Cronenberg (Toronto, 77 años), quien estuviera familiarizado con la trayectoria de ambos creadores no podía imaginar una alianza más consecuente. Escritor y cineasta parecían dos sensibilidades destinadas a encontrarse en un electrizante choque frontal como el que uniría los destinos del protagonista de la novela, explícito alter ego de Ballard, y Vaughan, un enigmático personaje obsesionado por el poder sexual liberado en los accidentes de tráfico y por la fascinación fetichista de las heridas producidas en la comunión obscena entre la carne y el metal. Y, sin embargo, lo de Ballard y Cronenberg no fue precisamente amor a primera vista. “No había leído nada suyo en el momento en que publicó la novela Crash. Sabía quién era, pero no me había acercado a su obra”, señala el cineasta en conversación telefónica con EL PAÍS desde su domicilio en Vancouver. “Fue el productor Jeremy Thomas quien me propuso adaptar la novela en los ochenta. Empecé a leerla y no me gustó nada, hasta el punto de que abandoné la lectura. No entré en absoluto en su estilo tan extraño y clínico y le dije a Jeremy que no quería adaptarla. El caso es que Thomas y yo nos hicimos amigos, pasaron unos cuantos años y retomé la lectura y, en ese momento, me di cuenta de que la obra de Ballard era brillante, en cierto sentido conseguí entender la novela de un modo que no había logrado antes. Y entonces le dije a Jeremy que, si seguía interesado en producirla, yo estaba dispuesto a adaptarla”, explica.

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La voz del visionario

En películas como Videodrome (1983), Crash o Existenz (1999) se dibuja un futuro de obsesiones mediáticas, distancias sociales (y sexuales) y adicciones a lo virtual que mantiene un parecido más que razonable con nuestro presente distópico. ¿Cómo se siente Cronenberg cuando la consideran un director visionario? «Me gusta, no te lo puedo negar, pero cuando hago películas no pretendo profetizar nada. Simplemente reacciono ante cosas que están sucediendo y sobre las que no tengo ninguna respuesta, pero sí muchas preguntas. Hacer películas supone para mí emprender un viaje de descubrimiento filosófico y emocional. Retrospectivamente, comprobar que algunas de mis películas apuntaron algunas de las direcciones en que evolucionaría la sociedad me resulta satisfactorio, porque indica que quizás mis intuiciones fueron correctas».

Resulta tentador, pues, preguntarle por la pandemia: «Estamos aprendiendo muchas cosas, pero no estoy tan seguro de que eso nos haga mejores. Ni siquiera la desinformación nos hacen singulares, porque en tiempos de la peste negra los rumores también se extendieron con la misma rapidez que la enfermedad. Ya había mucho pensamiento conspiranoico por aquel entonces. Estamos viviendo la versión moderna de algo que ya nos ha sucedido antes. Como seres humanos somos lo mismo que éramos entonces. No evolucionamos con demasiada rapidez»

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