¿Cómo saldremos del encierro?

Hubo un tiempo en el que el miedo a salir estaba signado por la inseguridad. Fue entonces cuando proliferaron los barrios cerrados, garitas de seguridad, rejas, cercos eléctricos y alarmas. Y la vida se fue corriendo de las veredas hacia la intimidad de los hogares. Las salidas al mundo externo comenzaron a espaciarse acorralados por la violencia social y el miedo al posible robo, arrebato o entradera. Pero de pronto, en un cercano 2020, el ladrón se hizo invisible, se convirtió en un virus, y la mejor protección, más que nunca, resultó quedarnos en casa; ¿pero estar encerrados no era ya una tendencia?

El aislamiento social y obligatorio, para evitar el contagio y la propagación del coronavirus, se extendió durante tantos días, que a su vez fue solidificando el temor a salir que ya existía en la población. ¿Por qué genera tanta tensión salir a la calle? ¿De cuántas cosas nos tenemos que cuidar? En este tiempo, al miedo a la inseguridad de la pre cuarentena se le adosó el temor a enfermarnos; un combo determinante para aferrarnos al adentro, tratando de evitar el peligro de la violencia social y de los virus que acechan detrás de las puertas. Protegidos en el vientre del hogar. Con algunas salvedades: están quienes no tienen casas, y los que sí la tienen pero corren mayores riesgos dentro que fuera, padeciendo la violencia física, sexual, psicológica, o sin las necesidades básicas cubiertas. Hechas estas salvedades sumamente complejas, en nuestro país, como en otros lugares del mundo, existe una amplia población que encontró una suerte de refugio armonioso o nueva rutina en la intimidad de sus hogares. Y ante el riesgo amenazador, levantaron las murallas para construir un pequeño mundo dentro del mundo mayor. Así como las niñas y los niños juegan y hacen casitas y carpas dentro de sus casas, los adultos armaron su mundo hogareño dentro del mundo exterior, como modo de resistencia ante el miedo de lo que pueda suceder en el afuera.

La ecuación entre el miedo a salir y el diseño de un universo casero, medianamente equilibrado, generó lo que se dio en llamar el Síndrome de la Cabaña, cuyo cimientos están construidos de miedo. Estar dentro del hogar, de la cabaña, no por una decisión libre, sino por el temor a regresar al mundo exterior, al contacto social. El afuera, que antes era el lugar de ciertas realizaciones laborales, recreativas e intelectuales, se convirtió en algo temido. Los habitantes de las cabañas diseñaron una pequeña ciudad entre las cuatro paredes de sus casas, cine, café, delivery, sexting y hasta reuniones por videollamadas; una matrix, un mundo paralelo que tarde o temprano mostrará también sus fallas.

¿Cómo saldremos del encierro?

Incertidumbre, ansiedad, angustia y miedo, son alteraciones psico-emocionales desencadenadas por el abrupto cambio de rutina; síntomas propios de la cuarentena y de la posibilidad de contagio del coronavirus. Con la llegada de la vacuna y con el paso del tiempo, estas vivencias traumáticas irán desvaneciéndose lentamente, aunque no sabemos a ciencia cierta qué dejará, qué resabios, qué aprendizajes, qué taras. Cuando se termine la cuarentena, las salidas deberán ser progresivas, pero mucho más en aquellas personalidades fóbicas que ya venían practicando formas de cuarentena, autoacuartelados por el temor a lo que pudiese suceder en el mundo exterior.

Hay quienes necesitarán de herramientas terapéuticas para volver a salir. Pero todas y todos necesitaremos que el mundo sea un lugar más bello, más sano, sin violencias dentro ni fuera de las casas. Solo entonces pisaremos nuevamente las calles con la alegría del andar en paz, sin miedos, en libertad.

El autor es psicólogo (UBA) y escritor

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